lunes, 2 de marzo de 2015

Casual bisexual.

En primer lugar quiero dejar claro que no creo que se nazca gay. Pienso que todo el mundo es más o menos bisexual. Algo así como un porcentaje. Porque yo sé que no me hice gay hasta que se liberó algo en mi interior. Es decir, de pequeño me atraía mucho el personaje Vegeta de la serie de anime Dragon Ball Z. No como fantasía sexual recurrente sino más bien como una inocente vertiente de mi deseo sexual. Si me tuviera que acostar con un hombre, decía a los catorce años, ese sería Vegeta. Es fuertote y tiene el pelo guachi, por qué no, pensaba. Pero hasta los veintidós años no descubrí que era homosexual. O bisexual, en este caso. Yo me masturbé hasta perder la virginidad, como todo humano sobre la faz de la tierra. Y después también, obviamente. Aquello era un vicio que me gustaba. Consumía pornografía, mucha pornografía. Sobre todo de mamadas. Me imaginaba siendo el hombre que recibía esa felación. Vamos, que me ponía burro. Pero esta larga historia no aborda solamente mi intrusión en el mundo homosexual, sino también los acontecimientos que varios años antes tuvieron lugar.
Una noche de sábado me encontraba yo a las dos de la mañana en una de esas calles que ya huelen a vómito a las ocho de la tarde, vigilando la hora para volver a casa lo más tarde posible pero sin sobrepasar el toque de queda que mis padres me habían impuesto bajo el pretexto de que yo tenía diecisiete años y debía ajustarme a un horario diurno. No estaba para nada cansado; unos amigos me habían dado a probar un chupito de algo llamado Jägerbomb y tenía energía para dar y regalar. Pues bien, me empecé a acercar a la amiga con la que solíamos salir y que era, con perdón, más chico que chica. Algo entrada en carnes, de mi edad, con unos bonitos ojos normalitos, de los marrones, que siempre se había venido conmigo a jugar al baloncesto en vez de hablar de chicos con sus amigas, razón por la cual estaba muy unido a ella. Y bueno, me dijo que sus padres estaban fuera de la ciudad porque habían querido celebrar su decimoquinto aniversario de casados a lo grande en una casa rural a las afueras de Asturias y que, por lo tanto, su casa estaba vacía. Yo, aun teniendo la mente más sucia que nadie, interpreté esa aclaración como una oferta para ir a su casa a jugar a la Play Station, y acepté sin dudarlo. Una partidita nocturna al Crash Bandicoot no me vendría nada mal. Todo esto lo pensaba sin darme cuenta de que el tiempo estaba avanzando. Así que fuimos a su casa y al entrar me acarició el hombro y me preguntó si había hecho eso alguna vez mientras se acercaba más y más a mí. Yo, obviamente, sí había jugado antes a la Play Station, pero no era eso lo que quería aquella avispada chica, y me di cuenta justo a tiempo para decirle, balbuceando, que no. Resultó que ella, tan tímida como solía ser en eso de los sentimientos y el hecho de intimar, se había vuelto más extrovertida gracias al alcohol. Yo en cambio, más dado a hacer tonterías y a creerme el más chulo del barrio, me puse rojo como un tomate y de pronto comencé a hipar. Claro, no había mejor momento en toda la noche que ese. Pero todo pasó muy rápido y, en poco tiempo, tenía la lengua de mi mejor amiga Paula chocando contra la mía. Ya que eso tenía que pasar, pensé, mejor sería si yo dominara la situación. Y la lengua. Así que la cogí de los hombros y dimos algo parecido a una vuelta de ciento ochenta grados. Todo ello mientras nos quitábamos torpemente las bufandas y los gorros porque estaba puesta la calefacción, y ya estaba yo lo suficientemente caliente. Total, que tras irse el hipo mi amiga me dijo que ella tampoco había hecho antes eso de follar. Así que, tras habernos quitado la mayor parte de la ropa, le pedí que fuéramos a su habitación y ella dijo que no, que mejor en la de sus padres. También dijo que le daba mucho morbo. Yo, aunque lo recuerdo todo perfectamente, estaba muy ebrio para poder entender aquello, y sólo pensaba en aprovechar aquel subidón de adrenalina. Nos metimos en el cuarto de sus progenitores y se arrodilló ante mí mientras echaba un vistazo a la «tienda de campaña». Puso sus manos en mis nalgas y empezó a quitarme los calzoncillos haciendo que mi miembro, tras resistirse a salir, diera un largo salto que hizo que ella se riera con ganas. Ella abrió la boca y se la metió dentro. Así, sin avisar. Perfecto, era la primera vez que mi pene se metía en una boca y yo no lo había visto al tener los ojos cerrados. Mi primera reacción fue la de abrir la boca porque me había mordido un poco pero cuando, muy desagradecidamente, le iba a llamar la atención, me dio un azote en la nalga izquierda y me callé. No lo volvió a repetir, y siguió chupando durante medio minuto que a mí se me hizo eterno; ni bien ni mal, aunque a mí me pareció genial. Tras todo aquello decidí que ya había tenido suficiente con el azote y que me tocaba a mí llevar la delantera, por lo que la puse boca arriba y me coloqué encima de su cuerpo. Saqué la cartera del bolsillo derecho de mi pantalón, que se hallaba tirado por el suelo, cogí el condón que mi padre me había obligado a meter dentro dos meses atrás, empujé con el dedo pulgar en el centro para cerciorarme de que se abría para ese lado tal y como me habían aconsejado hacerlo en una visita a un centro de planificación familiar en secundaria, me lo puse con arte y esmero, abrí la cama con fuerza, sujeté mi miembro con los tres primeros dedos de mi mano derecha y la penetré mientras la miraba a los ojos y ambos jadeábamos con fuerza. Justo en el momento en que lo hice me vino a la mente los sobrecogedores relatos sobre el dolor en la primera vez de las mujeres que había leído en Internet pero, extrañamente, ella sólo emitió un ligero aullido antes de dar otra vuelta de ciento ochenta grados y posicionarse sobre mí. Que no, que Paula era el chico en ese momento, pensé. Así que decidí darle a probar de su propia medicina y, mientras mis ojos se dirigían hacia sus bamboleantes pechos, hechos a medida para su bonito cuerpo, mis manos agarraron con un fuerte golpe seco sus dos cachetes al tiempo que mis ojos se dirigían hacia su cara para comprobar su reacción que, al contrario de lo que pensaba, fue sonreír y darme un beso en la mejilla. Fue divertido porque no lo calculó muy bien y, debido al movimiento de su cuerpo, acabó esparciendo la saliva de sus labios por toda mi cara y casi me lamió una ceja. Menudos principiantes estábamos hechos. Bueno, ella no lo parecía. Para tener esos kilos de más que, a mi gusto, le hacían muy atractiva, se movía divinamente. Decidió adoptar otra pose y, con las manos sobre su trasero aún, se tumbó sobre mí y me besó mientras intentaba mover sólo las caderas. Aquello no era tan intenso como todo lo anterior, pero podíamos follar y besarnos al mismo tiempo sin que yo recibiera lametones de vaca por toda la cara. Al rato volvimos con el anterior vaivén y ella acabó en un fuerte orgasmo cuyos consecuentes—y escandalosos—gritos no reprimió. Es más, cuando yo paré ella se quedó muy quieta, como si hubiera perdido el sentido durante unos instantes y un hilillo de saliva cayó de su boca mojándome la nariz. Yo me limpié con una mano, le di un beso en los labios, la miré y ella musitó un suave aunque contundente «sigue, joder» que me asustó, así que la volví a poner debajo de mí. Y bueno, tengo que admitir que todo fue fantástico hasta que noté que me iba a correr. Me entró tanto pánico al saber que la tenía dentro cuando sólo quedaba medio segundo para llegar al clímax que se me escapó un aullido que dio paso a mi último y alto jadeo al tiempo que terminaba dentro de ella. Pero toda esa preocupación se me olvidó al recordar que tenía puesto el preservativo, por lo que decidí abandonarme a una ligera muestra de cariño hacia Paula y me dejé caer al lado de ella. Me incorporé y la besé detenidamente en los labios mientras ella me acariciaba el pelo y yo sacaba mi semi erecto miembro de su vagina para quitarme el condón. Le hice un nudo y lo arrojé sobre mis pantalones para que luego me acordara de llevármelo y tirarlo. Y justo entonces recordé que debía de ser muy tarde y me incorporé rápidamente, sobresaltado. Mi amiga me miró de forma rara y pronto comprendió la razón de mi comportamiento al ver cómo miraba mi reloj. Eran las tres y veinte de la madrugada, y mi hora para llegar a casa había pasado veinte minutos atrás. Así que cogí todas mis cosas, me puse la ropa, me metí el condón usado en el bolsillo y mi amiga se levantó de la cama para ayudarme a buscar las zapatillas. Hablamos poco, ambos teníamos cosas sobre las que pensar, y antes de salir de su casa tomé su cabeza entre mis manos y enterré mi lengua dentro de su boca. Ya que nos despedíamos, que fuera en condiciones. Obviamente ninguno de los dos pensó que a la mañana siguiente habría que hablar, y mucho. Tal vez fuera debido a los pensamientos paranoicos causados por el alcohol pero, mientras bajaba las escaleras del portal y salía de la casa de Paula hacia la mía, me sentí la persona más solitaria del mundo. Llegué a casa y, contra todo pronóstico, no había nadie despierto para recibirme con una merecida bofetada. Así que caminé de puntillas hasta mi habitación, me quité casi toda la ropa y me metí a la cama en calzoncillos. Y me dormí pensando en lo que había pasado y en la suerte que había tenido al haber llegado cuarenta minutos tarde a casa y que mis padres no me hubiesen montado la bronca del siglo.
Me desperté sobre las doce del mediodía recordando todo lo acontecido la noche anterior y con una resaca que me hizo beber la botella de agua fría de cristal que había en la nevera casi de una vez. No había nadie en casa, mis padres se habían ido, según ponía en una nota sobre la vitrocerámica, a un concierto homenaje a Pearl Jam que había en un bar de mi barrio y, aunque hasta las canciones menos conocidas de ese pedazo de grupo me hacían sentir mariposas en el estómago, decidí no ir y quedarme en casa para la gran charla telefónica con mi mejor amiga que sabía que se avecinaba. Paula no tardó más de quince minutos en llamar para preguntarme, muy nerviosa, qué diablos había pasado la noche anterior. Yo le pedí que esperara un minuto, dejé el teléfono inalámbrico sobre la encimera y corrí rápidamente hacia mi habitación, saqué el preservativo del bolsillo izquierdo de mi pantalón y volví a la cocina para tirarlo rápidamente a la basura. Luego lo tapé con dos servilletas con el miedo a que alguien rebuscara por allí y me puse al teléfono para decirle lo que recordaba, prácticamente todo, aunque intentando suavizar la situación. Al parecer ella no recordaba lo de la noche anterior, pero le venían a la mente cortos recuerdos aleatorios de la pasada noche. Le conté todo lo que sabía y mantuvimos una charla de al menos cuarenta y cinco minutos sobre si alguno de los dos sentía algo por el otro, sobre si era nuestra primera vez, respuesta afirmativa que ambos reiteramos, y sobre si se iba a repetir. Y vaya que si se repitió. Durante cuatro años nos acostamos en incontables ocasiones. Probamos de todo, pero siempre recordaré la primera noche como la mejor. La vez que vino por sorpresa, al menos para mí, y que ambos nos abandonamos a la lujuria deseando demostrar a la otra persona de lo que éramos capaces pese a ser dos novatos. Esas primeras veces, salpicadas por momentos vergonzosos y absurdos que nuca se ven en películas o libros, nunca se olvidan. Pero aquella extraña relación que no pasó de algo levemente sentimental aunque casi totalmente físico, tuvo un final. Cuatro años después ella encontró un buen trabajo en Barcelona y decidió irse a vivir allí. Yo trabajaba redactando noticias en un periódico local y eso me dejaba poco tiempo para verla, pero de ahí a no verla más había un gran paso. Obviamente eso nos afectó a los dos, pues para algo éramos amigos íntimos desde hacía casi dos décadas, y la despedida fue muy triste. Pero a mí me dolió mucho más. Quizá demasiado. Porque yo sentía por ella algo que había reprimido durante esos últimos años. No le dije nada sobre mis sentimientos, y tuve que plantearme seriamente la idea de suicidarme como opción para acabar con ese sufrimiento que me destrozaba por dentro.
Me fui a vivir a un piso en alquiler y me costó varios meses adaptarme a ese cambio y, con ello, intentar olvidar lo que había pasado entre nosotros. Ella lo hizo muy fácil, pues me trataba como siempre. De forma amigable, amistosa y algo cariñosa. Claro está que no dejé de sentir eso por ella hasta pasado un largo tiempo, pero conseguí habituarme a hablar con ella una vez a la semana durante el tiempo en que ella vivía fuera de Madrid. Aquello me chocaba porque ni ella ni yo habíamos tratado de dejar de hablar los domingos a la tarde. Solíamos decir que el domingo es el día más deprimente de la semana, que qué mejor que juntarnos los dos, aunque fuera a distancia y por teléfono, para alegrar ese triste y aburrido día. Aquello me hacía, a partes iguales, alegrarme por la relación amistosa que ahora ambos compartíamos y entristecerme por lo que había perdido al recordarla abrazada a mí. Me habitué a hablar hasta casi dos horas por teléfono en una sola llamada y hasta tuve que cambiar de compañía telefónica porque en ocasiones no me sentía satisfecho con dos míseras horas al teléfono. Además, aquello compensaba mi soledad. Hacía semanas que no salía a la calle más que para ir a trabajar, acompañar a algún compañero de trabajo y cenar con él, verme con algún viejo amigo o hacer la compra. Llevaba meses sin probar el sexo y la masturbación no me satisfacía lo suficiente como para expulsar de mi cuerpo el estrés de mi día a día. Una noche se me ocurrió algo insólito mientras trataba de conciliar el sueño. Nunca había probado el sexo telefónico. Miré el calendario en mi móvil y comprobé que era viernes. Lo hablaría con Paula el domingo, me dije sin pensarlo dos veces. Y sí, lo hablé con ella. No se lo pedí abiertamente, pero las veces que abordé el tema en la larga conversación de aquel último día de la semana ella dio respuestas que no me esperaba para nada. Me habló de las líneas eróticas. Cuando, tras cambiar varias veces de tema, colgamos, pensé en cómo había conseguido rechazarme de esa forma tan elegante y cariñosa, alejándome de mis primeras intenciones. Tal vez ella sabía desde hacía tiempo lo que yo sentía por ella. Sería lo lógico, no había nadie que me conociera mejor que Paula. Decidido a satisfacer mis instintos primarios con quien fuera posible, me informé sobre las desorbitadas tarifas de esas líneas y llamé a una línea erótica la noche del lunes siguiente. El sistema de aquella línea era sencillo, sólo tenía que pulsar el número uno o el dos según mi sexo y el tres o el cuatro dependiendo del sexo al que quisiera que perteneciera la otra persona, y luego hablar con quien se pusiera al otro lado. Esperé que los setenta céntimos por minuto que estaba pagando dieran resultado pero, tal vez por torpeza, marqué mal los números. El uno para el sexo femenino y el tres para buscar hombres. Y no sé cómo pero, tras pulsar el número dos, me equivoqué y le di al cuatro. Bravo, lo había vuelto a hacer. Menudo patinazo. Iba a colgar cuando escuché a un hombre al teléfono. Decía llamarse Miguel Resines y ser de Madrid. Lo ignoré y colgué. Pensé en volver a llamar, pero estaba demasiado cansado para ello. Me habían dado un día libre al día siguiente y pensaba acostarme pronto para poder ir a hacer las compras y dar un paseo por mi barrio. Así que le mandé un mensaje a Paula desde mi móvil diciéndole que me había equivocado de la forma más tonta posible, y me respondió diciendo que era típico de mí meter la pata en los momentos más inoportunos. Di por acabada la conversación y me fui a dormir.
Desperté sobre las nueve de la mañana sin ganas de hacer nada que no fuera quedarme tumbado en la cama, pero la nevera estaba prácticamente vacía, por lo que me levanté, me hice una tostada y la desayuné junto a un café solo con hielo que me supo especialmente amargo. Tal vez por el fracaso estrepitoso del día anterior. Me vestí con una camiseta negra y unos oscuros pantalones vaqueros. Según salí de casa me dirigí al banco a sacar dinero y luego al supermercado. Hice las compras relativamente en poco tiempo y, como a partir de ochenta euros me llevaban la compra a casa gratis, me llevé bastantes cosas. Salí de allí y anduve tranquilamente hasta una ferretería en la que compré una bombilla esférica «e-14» para reemplazar una fundida del aseo de mi casa, y justo al salir oí cómo la segunda dependienta se despedía del otro comprador diciendo «Hasta la vista, señor Resines». Eso me hizo abrir los ojos mientras trataba de que no se notara mi desconcierto. Aquel apellido no era demasiado raro pero tampoco muy común. Decidí seguirle durante unos minutos y de pronto se me ocurrió hacer una estupidez propia de mi edad. Saqué el teléfono móvil y grité:
—¡Miguel, cuánto tiempo!
Y efectivamente, aquel hombre se me quedó mirando, aunque sólo fue por una fracción de segundo. Luego se giró y siguió andando, seguramente escuchándome, mientras yo hablaba con ese falso Miguel sobre la despedida de soltero de nuestro amigo Raúl. Tras colgar le toqué el hombro y le dije que le había pillado, que él era el tío de la línea erótica. Al principio se mostró muy contrariado, seguramente fingía tener prisa para zafarse de mí a la menor oportunidad, pero al final acabé cayéndole bien y le invité a una cerveza en un bar al lado de su casa. Al parecer él era bisexual aunque había llamado a la línea erótica buscando una mujer con la que tener alguna relación ocasional. Yo, en cambio, era heterosexual, pero en mi cabeza se estaba forjando la idea de probar con otro hombre. Es decir, no era algo que ansiara fervientemente, pero quería probarlo todo y cuanto antes. Naturalmente no se lo dije en ese momento, sino que le pedí el número de teléfono y se lo escribí en un mensaje nada más llegar a casa y cambiar la bombilla del cuarto de baño. Él no me respondió inmediatamente y yo tomé eso como un silencioso y tajante «no». Hasta que, al día siguiente, por la noche, me mandó un mensaje con su dirección de casa y una hora para quedar. Parece ser que aquel hombre, que no parecía superar mi edad—que por aquel entonces era de veintidós primaveras—por más de dos años, quería ir rápido. Repasé mis recuerdos sobre él. Un hombre de piel clara y cabello moreno, aparentemente atlético. Parecía un buen partido si no tuviera en cuenta que lo había conocido por pura casualidad en una ciudad enorme con más de tres millones de habitantes. Aquello parecía más imposible que improbable, pero paso exactamente así. Llamé a Paula y se lo conté todo. Se extrañó aunque se alegró bastante de que fuese a experimentar mi sexualidad de esa forma. Y unas horas más tarde, a las nueve, salí de casa en dirección a la casa de Miguel. Llegué casi media hora más tarde, un par de minutos antes de lo acordado. El portal estaba abierto, por lo que subí directamente al cuarto piso y di tres pequeños y rápidos golpes a su puerta. Tras unos veinte segundos que me parecieron eternos la puerta se abrió sin apenas ruido. Ahí estaba él. Antes de entrar lo señalé y dije algo que había estado pensando desde que salí de casa:
—Sin besos.
—Sin besos.—repitió, y me hizo una seña para que entrara.
Su casa era grande y hacía calor. Me llevó a su habitación y escuché algo parecido a la música techno, muy alejado de la música pop de Madonna que una persona como yo esperaría oír en un ambiente gay. Me desnudé y conversamos un rato sobre nuestros gustos. Me preguntó si estaba «limpio». Según lo que había averiguado en internet, aquello significaba no tener ninguna ETS. Y yo no me había planteado hacerme un test de esos en la vida. Pero le dije que sí, que estaba limpio. Y se lo creyó. Y realmente acerté, puesto que nada más salir de allí fui a la farmacia a que me hicieran uno y los resultados fueron de lo mejor. Pero volveré a lo que pasó allí. Algo que también había pensado era quién sería el activo. Por mi parte, salvo algún pequeño aunque placentero y morboso experimento hacía más de un año con el dedo meñique de la mano derecha de Paula, no había tenido ninguna experiencia relacionada con el sexo anal, por lo que quedaba descartada la posibilidad de que yo asumiera el rol pasivo. Se lo comenté a Miguel y éste soltó una carcajada y me dijo que sabía desde el principio que yo sólo estaba experimentando y que tendría que ser el activo. Asentí y lo primero que hice fue esparcir cierto rasgo de dominación en el ambiente. Le pedí que se pusiera de rodillas y abriera la boca. Me puse el condón, había sido contundente con la posibilidad de recibir mi semen en la boca, y metí mi miembro dentro de ésta. Él me miró a los ojos, se sujetó la muñeca con la otra mano detrás de la espalda y comenzó a sacar y a meter mi pene de su boca, lentamente al principio y con una velocidad ascendente. Aquello mes estaba gustando, y mucho. Más de una vez durante aquella felación, que duró casi diez minutos, me sorprendí mirándole el cuello, la espalda y lo que pude ver de su culo. Decidí ir un paso por delante y sujeté su cabeza con las dos manos. Comencé a empujarla, haciendo que entrara entera. La sensación de presión que sentía al tenerla empujando hasta el fondo dentro de su boca hacía que me sintiera en el cielo. De pronto sentí unas irremediables ganas de hacer caso a lo que el cuerpo me pedía e hice que se levantara. Cogí un pequeño bote de lubricante que éste había dejado sobre la mesilla de noche y me eché algo en los dedos. Lo puse a cuatro patas y esparcí la crema transparente por su agujero trasero, le di un beso en cada nalga antes de colocarme con la rodilla izquierda apoyada sobre la cama y el pie derecho sirviendo de apoyo y comencé penetrar su ano poco a poco. La sensación fue muy, pero que muy placentera. Fue fácil entrar aunque estaba apretado, y eso hacía que me sintiera violento y poderoso. Comencé a meter y sacar mi miembro de su culo a un ritmo normal, algo distinto a lo que anteriormente había probado al estar semi arrodillado. Habían pasado unos veinte minutos desde que entré en su casa y ya estaba a punto de correrme. Decidí ir más lejos y comencé a masturbarle mientras me resistía a llegar tan rápido al clímax. Fue difícil pero conseguí que él llegara al orgasmo, derramando su semen sobre las sábanas, antes de hacer yo lo mismo dentro de su culo y del preservativo. Acabamos los dos en la cama, exhaustos, y me acerqué para besarle. Aquello no me lo había planteado. No fue como besar a Paula, pero me llenó. Toda aquella experiencia me llenó. Metérsela de aquella forma, besar su cuello con fruición, mordisquear sus pezones, masturbarlo... Todo aquello superó de lejos lo que yo podía esperar de mi primera relación homosexual. Salí de su casa más que satisfecho, fui a la farmacia a hacerme el dichoso test y nada más llegar a casa llamé a Paula para contarle lo sucedido, incluso me pidió que le relatara con detalles todas y cada una de las cosas que habíamos hecho Raúl y yo.
Tal vez esto sea muy extraño, ¿no? Encontrarme con un hombre bisexual en una línea erótica y toparme con él en una ferretería de mi barrio al día siguiente. Eso sumado a la anterior relación con mi mejor amiga una fugaz noche de sábado, embriagado por varios cubalibres y alguna copa de pacharán. Puede que mi día a día haya sido el resultado de una sola circunstancia. Tal vez toda mi actividad sexual esté basada en la más pura de las casualidades.

miércoles, 7 de enero de 2015

Mi experiencia nudista.

Estaba sentado frente a la pantalla del ordenador, a las cinco de la madrugada del siete de enero del año 2015. Me apetecía comer spaghetti, y fui a la cocina, abrí la nevera y cogí el recipiente en el que estaban los del día anterior. Pero el tomate se había pegado a ellos y en esos casos no me gustan nada, así que fui a la cocina y cogí una de esas ollas que hay a miles en mi casa, una pequeñita; tomé spaghetti del armario y lo partí todo en dos. Cogí lo que creí necesario para una ración y eché varios dientes de ajo que al hacerse con los spaghetti perdieron el picor, y eché todo en un plato, porque no había tomate para verterlo justo después de sacarlos de la olla y quería acompañarlos con algo. Y me di cuenta de que había una pequeña parte que se había pegado al suelo de la olla, así que cogí un estropajo de acero inoxidable y empecé a frotar a ver si se iba, pero ni así. Desistí y comencé a comerme los spaghetti, que estaban algo resecos pero sabían muy bien por los trozos de ajo cocido que había cortado después de sacarlos de la olla. Eran las seis menos veinte de la mañana, no había dormido nada. Así que me puse las zapatillas y abrí la puerta. Dejé el cerrojo echado y la puerta por dentro, de forma que no se pudiere cerrar gracias al pestillo, y cogí las llaves por si acaso después de apagar la luz de la cocina. Bajé las escaleras con seguridad, a esas horas no debía de haber absolutamente nadie en la calle. Salí de casa y cerré suavemente la puerta del portal, aunque no del todo, para poder abrirla al volver con un simple empujón. Fui con la olla al contenedor más cercano y, haciendo alarde de una cultura inimaginable y de una concienciación tremenda por el medio ambiente y los problemas que podría suponer tanto para el planeta Tierra como para las futuras generaciones, la eché al contenedor más cercano, el orgánico. No había nada en el contenedor, sólo algunos trastos, y estaba oscuro. Debía de haber venido el camión de la basura. Pero yo la tiré sobre una pequeña bolsa del fondo y conseguí lo que me había propuesto, hacer el menor ruido posible. Me di la vuelta y miré hacia ambos lados. Ni un alma. Si me desnudase ahora mismo, pensé, nadie me vería. Volvería a casa y yo nunca sería descubierto. Nunca antes me había excitado, sexualmente hablando, la idea de desnudarme en la calle, con toda esa gente estúpida propensa a señalar, que es de muy mala educación, y a reírse de la gente. Vamos, que yo no era, ni soy, un exhibicionista. Justo cuando mis manos se dirigían hacia el pantalón corto del pijama, al que acompañaba una camiseta publicitaria de la marca de tabaco Winston, vi a una persona que se acercaba a lo lejos. No llovía, pero llevaba algo parecido a un chubasquero, y se tapaba la cabeza con la capucha. Dejé que pasara mientras me apoyaba en un seto al lado del bar que está en frente de mi casa, cuyas luces de Navidad aún parpadeaban con gracia. Hice como si esperara a un amigo. Menuda gilipollez, pensé después. Esperar a un amigo a las seis menos veinte pasadas de la madrugada. Pero vamos, que el hombre pasó de largo y entonces me dije que, si no lo hacía en ese preciso momento, nunca lo haría. Así que, en cuanto desapareció, me bajé los pantalones y los calzoncillos al mismo tiempo y me quité la camiseta, y di un par de pasos antes de pensarlo mejor y quitarme las zapatillas también. Ya que lo hacía, que fuera en condiciones. Hacía frío, pero con el chute de adrenalina que tenía en el cuerpo la temperatura no me afectaba lo más mínimo. Tomé mi pijama, el calzado y la ropa interior con mi mano derecha y eché a correr, no muy rápido, hacia el portal. Abrí la puerta de un leve empujón, entré y subí la rampa, rápido y de puntillas. Justo al subir los tres primeros escalones tras los que debía girar a la derecha para ascender por los dieciséis restantes hasta el primer piso, en el que se encontraba mi casa, escuché un ligero silbido detrás de mí, y al girarme instintivamente pude comprobar que había sido una falsa alarma, que aquel sonido lo había causado la puerta del portal al cerrarse. Creo que no cogí el ascensor por el auténtico pavor que me daba la sola idea de que pudiese haber alguien bajando a la planta baja. Confiado y muy, pero que muy aliviado, comencé a subir las escaleras de una en una. Mis pies descalzos apenas hacían un imperceptible ruido al pisar las gélidas baldosas. Tap, tap, tap, tap, sonaban. Tap, tap, tap, tap. Y yo los oía todos. Tap, tap, tap, tap. Todos aquellos insignificantes y pequeños golpes de mis pies. Tap, tap, tap, tap. Y justo al llegar arriba, justo cuando mis ojos miraron hacia la derecha, en dirección a la puerta de la cocina por la que suelo entrar a mi casa, vi con horror que había alguien mirándome con un destello azulado y peligroso en la mirada. Mi madre. O eso pensé durante unas fracciones de segundo, mientras mi corazón bombeaba sangre al doble de pulsaciones por minuto de lo habitual. El tenue resplandor zafirino que vi no era más que la luz azulada en forma de círculo luminoso que proyectaba el televisor OKI de la cocina. Todo había sido un engaño, una burla, una broma de mal gusto que me había gastado mi percepción sensorial. La puerta estaba ligeramente abierta, con el pestillo extendido, y todo seguía tal y como yo lo había dejado. Cerré la puerta con mis llaves, caminé desnudo hasta mi habitación, encendí mi ordenador y me dispuse a escribir este relato.

jueves, 26 de junio de 2014

Volviendo a la vida.

El joven abrió los ojos. Ante él se encontraba una mujer. Era joven, no tendría mucho más de veinte años. La miró y comenzó a enfadarse. Era la misma joven que el día anterior. Ella sólo lloraba, y le había parecido de mala educación hablar, porque intuía que tenía que ver con él. Pero eso era absurdo, porque él no la conocía de nada. Pero la joven seguía llorando. Él la observó con odio. No le gustaba la gente que lo miraba tan fijamente. Ella se armó de valor al fin. Levantó su mano izquierda y con ella acarició la derecha del chico. Éste la quitó rápidamente. En aquel momento esa sensación le asustó, y murmuró algo entre dientes. Esa joven le caía peor por momentos.
—¿Qué quieres?—preguntó descaradamente.
Ella lo miró, después a la mano sobre la cual se había posado la suya, y más tarde a los ojos. A esos ojos marrones como las hojas de los árboles en otoño.
—No te acuerdas de nada...—susurró, y hundió su cara entre las manos para empezar a llorar de nuevo.
—No sé. Llevo aquí toda la vida, y a ti no te conozco de nada.—dijo el joven—¿Eres médico acaso?—
Ella negó con la cabeza.
—¿Y enfermera?—
—No—dijo, pero no añadió nada más.
La joven volvió a intentar tocar la mano del chico. El joven volvió a apartarla, siendo igual de brusco que la vez anterior. Ella lo miró lentamente y se levantó.
—Oye, ¿y por qué te vas ahora?—preguntó el joven.
Ella no se hizo de rogar a la hora de responder.
—Pues porque tengo que comer... Pero si quieres puedo comer aquí y hacerte compañía...—
—No, no me importa. ¿Por qué tendría que importarme?—respondió él, siendo todo lo cruel que pudiera para espantar a aquella chica.
—No es eso...—susurró ella, pero se quedó sin palabras. Una lágrima surcó su mejilla cuando se levantó y salió corriendo de la habitación.
Una enfermera entró, alarmada por la repentina huida de la joven, y preguntó—¿Ha pasado algo, Angelo?
—Angelo...—empezó él. Le gustaba su nuevo nombre, aunque no se acordaba de ningún otro—No, no pasa nada, sólo que se emocionó. No sé, se ha largado así como así—.
La enfermera chasqueó la lengua compadeciéndose de la chica.


La joven llegó al comedor, un poco más tarde que el día anterior. Miró sus ojos en un pequeño espejo de bolsillo y lo que vio no la impresionó. Se le había estropeado el maquillaje al llorar en el servicio. Le llevó unos instantes decidir qué iba a comer, pues el restaurante del hospital tenía mucha variedad, como todos los italianos. Se decidió por arroz y pasta, y de postre escogió helado.
Unos minutos después, cuando ya había terminado, su teléfono móvil comenzó a sonar. Aceptó la llamada, y oyó la voz de Angelo. Le pareció un sueño.
—Hola, ¿está ahí Stella?—preguntó la voz del joven.
—S-sí, soy yo.—respondió ella, intentando que no se notaran sus sollozos, que volvían a salir a la luz.
—Ah, eres tú.—dijo Angelo y, tan rápido como había llamado, colgó.
La joven gimió y dejó el postre sin acabar, necesitaba salir de allí, le ponían nerviosa todos esos trajes verdes del hospital. Pagó y se marchó fuera del local. Entró en una cafetería cercana. En su bolso llevaba un libro de literatura inglesa. Lo sacó mientras pedía un cappuccino y comenzó a leerlo, intentando distraerse, pero no lograba sacarse a Angelo de la cabeza. Desquiciada, arrojó el libro al suelo, causando un gran estruendo en el local, que se encontraba casi vacío. Unas cuantas miradas se posaron en ella, que se se agachó a recoger el libro murmurando un "lo siento" mientras lo hacía. Se volvió a sentar en el mismo lugar, pero no aguantó mucho tiempo allí. Se levantó y salió de allí lo más rápido que pudo, dejando un billete sobre la barra sin haber bebido su café. Ni siquiera se molestó en recoger el cambio. Anduvo sin rumbo fijo alrededor de veinte minutos, lo que no fue suficiente para poner en orden sus pensamientos.
Volvió sobre sus pasos al hospital, y se detuvo en los aseos para lavarse la cara y eliminar todo el maquillaje emborronado. Se limpió a conciencia durante unos minutos, despejándose con el agua fría, aunque, cuando salió al pasillo, de nada le sirvió el agua fría, y volvió a andar con esa forma tan triste de arrastrar los pies. Cada movimiento de sus piernas parecía necesitar un gran esfuerzo para completarse. Un paso, otro paso. Golpeó la puerta número 118 con los nudillos y, cuando escuchó un "adelante", entró lentamente. Vio sentado en la cama a un muchacho de unos veinte años, mirando con interés un cuaderno de sudokus. Ponía los números sin pensar si estarían bien colocados.
—Así no se hace.—dijo la joven.
—Tú eres la chica de antes, y la del teléfono, ¿verdad?—interrumpió Angelo.
—Sí.—respondió Stella—¿Cómo supiste mi número?—inquirió.
—Estaba ahí.—respondió el joven encogiéndose de hombros mientras, con la cabeza, señalaba su teléfono móvil, sobre la mesita de noche.—¿Qué decías sobre el crucigrama?—añadió.
—No es un crucigrama. Se llama sudoku, y no se hace como tú lo estás haciendo—.
—Pues sí, porque faltan números y yo los estoy poniendo—.
—Ya, pero no ha de hacerse de esa forma.
—Ajá—.
—¿Te enseño?—
—Como quieras.—respondió Angelo.
—Mira, tienes que lograr que haya nueve números diferentes en cada región, del uno al nueve, pero no se puede repetir ningún número en la misma columna o fila—.
—Ah.—obtuvo como respuesta por parte de Angelo, que observaba el pasatiempo con interés.
—Por ejemplo, si aquí abajo ya hay un ocho, no puede haber otro dos casillas más arriba—.
—Ah.—repitió el joven.
Estuvieron resolviendo el sudoku durante toda la tarde. Angelo no había dejado de ser áspero con ella, pero al menos no la trataba de forma tan descarada y descortés como al principio. Consiguió acabar él solo el sudoku y una sonrisa cruzó su cara al terminarlo. Aunque se fue tan rápido como había llegado.
—¿Dónde vas a dormir?—preguntó él.
—En mi casa...—respondió ella—Vendré mañana por la mañana.—
—Vale.—respondió Angelo, aunque no le hacía ni pizca de gracia que una fisgona lo visitase todo el tiempo.
Ya era de noche cuando Angelo vio por la ventana cómo aquella misteriosa joven se iba. Miró al cielo y vio una estrella fugaz durante unas centésimas de segundo. Estrella... eso le hizo pensar en aquella joven. La detestaba, pero no le molestaba hablar con ella, porque sabía muchas cosas que él mismo no comprendía. Volvió a sacar el cuaderno de sudokus y empezó a hacer uno. Pero pronto descubrió que se había equivocado, pues había dos números en la misma columna. Desquiciado, arrancó la hoja e hizo una bola de papel con ella. Abrió la ventana y la lanzó. Se tumbó en la cama y quedó dormido a los pocos minutos, ya tendría tiempo de arrepentirse al día siguiente.
Al despertar lo primero que vio fue, en la mesilla de noche de la parte izquierda de la cama, sobre la mesilla, una bandeja con zumo, leche y cereales. Y justo al lado estaba Stella.
—Buenos días.—Dijo ella.
—Déjame en paz.—respondió él—No me gusta que me miren mientras duermo.—
—Lo siento...—
—Y cállate.—añadió el joven, poniendo todo su empeño en mostrar un gran desprecio.
—Mejor vuelvo más tarde.—murmuró Stella.
—Sí, más tarde. Mejor, no vuelvas.—repondió Angelo.
La joven se levantó, pero esta vez no lloraba. Ya la habían advertido de la actitud notablemente agresiva de Angelo al no conocer nada de lo que le rodeaba. Bajó a la planta baja en el ascensor y salió del hospital. Caminó sin prisa hasta llegar a la misma cafetería del día anterior y pidió un café con leche. Esta vez sí se lo tomó, y por suerte nadie reconoció a la joven de maquillaje corrido del día anterior, aunque por si acaso se sentó en otra mesa y no sacó el libro. Se entretuvo jugando con la cucharita, moviéndola entre sus finos dedos, hasta que se empezó a aburrir. Se levantó, pagó el café y se marchó sin prisa, yendo hacia el hospital. Al llegar entró en el ascensor y pulsó el segundo botón, el que llegaba a la segunda planta. Al entrar vio a Angelo en la cama, curioseando su teléfono móvil.
—¿Qué haces?—preguntó ella.
—Pensar.—respondió él.
—¿Y en qué piensas?
—El teléfono móvil es mío, pero no entiendo lo de los contactos. Stella eres tú, pero... ¿Quiénes son todos los demás?
—Conocidos.—respondió Stella.
—Pero... ¿por qué los conoces tú y yo no? ¿No se supone que es mi teléfono?
—Eh... bueno, es que también son conocidos míos.
—¿Y a quienes conocemos los dos?-preguntó Angelo.
Stella se acercó y tomó el teléfono móvil.—Tu nombre es Angelo Cravioto, y este de aquí es tu padre—susurró señalando el nombre de un tal Luca.—Fue el hombre que vino antes de ayer y estuvo hablando conmigo. Tu madre Bianca vino con él, pero quiso quedarse fuera.
—Y a todo esto—dijo Angelo—, ¿qué hago yo aquí?—.
—Perdiste la memoria por un transtorno, la amnesia temporal. Y eso sucedió por tus nervios durante los exámenes que tenías que superar para obtener tu licenciatura en filología latina. Y estarás aquí hasta que los médicos estén seguros de que es amnesia temporal.
—¿Y quién diablos eres tú?—preguntó el joven.—¿Una compañera de clase?—añadió.
—Yo soy tu novia.—Respondió Stella.—Desde hace seis años.
—¿Y cuántos años tienes? ¿Y yo?
—Yo tengo 21, y tú 23.
Porca troia!—maldijo Angelo—¡No recuerdo nada de nada!
—Seguramente recobrarás la memoria en unos días.—dijo ella, y se levantó.—Termina de desayunar, llevaré todo abajo.
—No. Vete.—dijo Angelo.—No me apetece hablar con nadie ahora mismo.—añadió.
El joven se sentía muy mal. ¿Cómo podía haber amado a aquella mujer fisgona y maleducada, y no recordarlo? No se acordaba de nadie, no existía nadie en su mundo. No había nadie más que esa estúpida cotilla que no dejaba de mirarlo.


Stella salió de la habitación y se dirigió hacia la salida del hospital, y después entró en su coche. Lo arrancó y se marchó al piso que ella y Angelo habían tenido. Entró en casa, silenciosa, se desnudó, se puso el pijama y preparó una ensalada para cenar. Puso las noticias en la televisión mientras cenaba con algo de prisa y se lavó los dientes rápido. Luego caminó hacia la habitación con la cama grande y se metió en ella. Desde el accidente de Angelo le costaba mucho dormir, así que estuvo pensando alrededor de una hora qué hacer con él, qué explicarle, y también cosas de su pasado. Sobre una mesilla había una foto enmarcada de ellos dos en un viaje a Egipto. Recordó esos viejos momentos en los que habían sido uña y carne, en los que lo que menos importaba era el dinero y lo que más era su bienestar. Y justo cuando la lágrima que había resbalado por su mejilla y se había despegado de la nariz inclinada hacia abajo golpeó el suelo, justo cuando la salada lágrima se rompió en mil pedazos, sonó su teléfono móvil. Se frotó los ojos con las manos y se levantó buscando el bolso. Rebuscó dentro hasta encontrar el teléfono móvil y contestó sin haber mirado quién llamaba.
—¿Sí?—preguntó.
Ninguna voz contestó, sólo una respiración algo ronca.
—¿Angelo?—preguntó.
Siguió sin contestar.


En aquel hospital de Parma Angelo colgó el teléfono. No había sabido qué decir. Se tumbó en la cama y se tapó con la manta. Intentó recordar lo que sea. A Stella, a los demás amigos, a sus padres Luca y Bianca, y cualquier cosa que le trajese buenos recuerdos a la mente, o simplemente recuerdos... no lo consiguió. Soltó un gemido y echó a llorar mientras arañaba la sábana inferior de la cama con sus dedos y llenaba de lágrimas la almohada. Así se durmió Angelo, pensando que en toda su vida había sido un simple miserable que no había hecho nada digno de ser recordado. Había despertado sintiéndose vacío y se durmió creyéndose solo.


A la mañana siguiente un beso en la frente lo despertó. Cómo no, Stella. Pero, por algúna extraña razón, el beso no le molestó. Es más, le gustó. Sonrió ligeramente, pero al ver la cara de felicidad de la chica borró la sonrisa. Entonces recordó el episodio de la noche anterior y miró la sábana y la almohada tras reparar en Stella. Nada, ni una lágrima, ni un solo arañazo. No pensaba dejar que ella supiera que había llorado. Aquello le quitaría la poca dignidad que le quedaba, pensó.
—Buenos días.—Saludó ella, y señaló una tostada con mantequilla y miel sobre el escritorio.—¿Qué tal has dormido?—preguntó.—¿Fuiste tú quien me llamó?—preguntó mientras tomaba la mano del joven.
Él no se molestó en apartar la mano de la chica de la suya
—He dormido... bien. Y sí, fui yo. Pero creo que me quedé dormido y por eso no te pudo decir nada.
Ella sonrió, sabía cuándo decía la verdad y cuándo no, y al menos se alegró de saber que mentía exactamente igual que antes.
—¿Te apetece hacer un sudoku?—preguntó Stella buscando el cuaderno.
—Se lo di ayer a una enfermera para que lo tirase a la basura o se lo diese a otra persona. No me apetece hacer esas estupideces, quiero saber de mi pasado. Todo lo que puedas decirme. Sobre mi vida. Nuestra vida. Lo que sea. Si eres capaz de ignorar mi ignorancia, de no querer resolver mi problema de memoria junto a mí, puedes irte—.
—¡Claro que no!—replicó ella—¡Estoy aquí para lo que quieras!
Y Stella contó a Angelo todo lo relativo a su vida, aunque sólo lo general. Quiénes eran sus amigos de la universidad, cómo eran sus padres, cómo se habían conocido ellos dos, dónde vivían, lo relativo al coche y a la casa de ambos. Pero no fue suficiente. Él la miraba horrorizado.
—Son cosas muy bonitas... y no puedo recordar ninguna. Ni lo haré nunca. Estoy seguro—dijo, y ella lo abrazó.—No. No podemos seguir viéndonos. Déjame aquí. Haré una nueva vida. Creceré, con o sin mis padres, moriré aquí o en la calle, pero no viviré con una mujer de la que no estoy enamorado porque ni siquiera recuerdo haberme enamorado de ella. No te quiero.—dijo el joven, y ella también empezó a llorar. Pero no dijo nada.
Ambos se miraron a los ojos durante un instante y él prosiguió.—No quiero tener nada contigo... por favor, respétalo. No quiero tus estúpidos sudokus, ni tu tozudez, ni tu impertinencia, no quiero tu amor, ni tu cariño, no quiero que me estés vigilando cada vez que me levanto de la cama, ¡¡no quiero!!—gritó. Se soltó de su mano y la empujó contra la cama. Se separó y comenzó a dar vueltas a la habitación.—Tú no sabes lo que es sufrir este martirio, ¿verdad? Tener al alcance una vida en la que puedo ser feliz con alguien con quien no recuerdo haberlo sido. No sabes lo que es tener dos padres que ni siquiera han hablado conmigo, ni lo que es vivir en una casa cuya ubicación desconozco. No quiero una vida en la que tenga que aprender los nombres de todos mis familiares por segunda vez. Esto es horrible. Vete. No te quiero. No te amo. No quiero verte más por aquí. Me repugnas, te odio. ¡¡TE ODIO!!—gritó fuera de sí, apretando los puños tan fuerte que se hizo sangre.
Siempre fue tu mayor miedo el perder la memoria. Pero con los estudios no tenías tiempo de escribir un diario, ni nada por el estilo. Supongo que nunca podremos ser tan felices como lo fuimos hasta hace menos de una semana. Como solías decirme, I ricordi e l'amore...
—...vanno insieme—terminó él.
—¿Qué has dicho?—preguntó ella.
I ricordi e l'amore vanno insieme.—respondió él. Los recuerdos y el amor van de la mano. Algo cambió en su interior en ese momento. Accionó el interruptor de su mente.
Ambos se miraron a los ojos, y en aquella dulce e inocente mirada hubo más comunicación de la que podría haber habido en todas las palabras del mundo en aquel momento. Angelo se lanzó hacia Stella y la besó con amor, con pasión. Stella respondió al beso y acarició la nuca de Angelo. Al fin resucitaba, pensó el joven. Estaba volviendo a la vida.

jueves, 15 de agosto de 2013

Partida de ajedrez.

Me encontraba sentada en una silla de madera, frente al trono de mi amo. Mi señor, rey de todo su imperio, me había dejado jugar al ajedrez con él, impresionado de que una simple sirvienta como yo supiera jugar al rompecabezas más complejo del mundo. Él empezó. Peón a E4. Yo seguí de una forma sencilla. Peón a E6. Él contraatacó lentamente, colocando otro peón a la izquierda del anterior. Yo coloqué un peón justo delante del que acababa de mover. Sabía que me comería, pero pensé que eso lo desconcertaría, y que después yo podría mostrarle mi gran habilidad. Y sí, me comió. Entonces avanzó hacia mí y me quitó un anillo, el único anillo que me permitían llevar. Yo entendí el juego, y comí el peón que había quedado a mi merced. Peón por D5. Fui hacia él y le arrebaté sus anillos.
-Eso no vale, criada.-dijo, pero le guiñé un ojo.
-Vos tenéis más prendas que yo.-le respondí.
-Eres una tramposa.-dijo con una sonrisa pintada en su dulce cara.
-Y vos sois mucho más experimentado que yo en este juego. Y os advierto. Si yo gano, os juro por mi vida que lamentaréis haberme retado. Necesitaréis años para asimilar que una sirvienta os ha vencido. Os joderé como nunca os han jodido y luego os abandonaré como nunca os han abandonado.
-Y si gano yo, te haré el amor con tanta fuerza que necesitarás pasar dos semanas en cama porque haré que quedes agotada.
Peón a H4. Alfil a D6. Caballo a E2. Lo hice sin pensar, sin darme cuenta de que le había bloqueado el paso a la dama. Mi amo movió su caballo a la casilla F6. Un movimiento mucho más refinado que el mío. Perfecto. Como él, como sus ojos. Alfil a G5. ¡Bien!, pensé. Había clavado a su caballo, y si lo movía de casilla mi alfil comería a la dama. Pero no caí en la cuenta de que él podía jugar como lo hizo, poniendo un peón en H6. Un insignificante peón me amenazaba. ¡Un simple peón! No quise echarme atrás, sería un signo de debilidad que él disfrutaría. Quería llevarme algo valioso antes de que mi alfil muriera, así que me comí su caballo, y me acerqué a mi rey. Le arrebaté su túnica dorada con fuerza, pero él se zampó mi caballo con la dama. Qué buena jugada. Había eliminado mi alfil, y al mismo tiempo desarrollado aquella pieza tan poderosa. En ese momento lo odié, y más cuando me arrancó mi túnica con una sola mano, al contrario que yo, que sólo pude deslizarla hacia arriba. Caballo a C3. Peón a C5. Peón por C5. Le quité los pantalones al rey. Alfil por C5. Mi amo me arrancó una de las dos prendas que me quedaba, la ropa interior del pecho. Moví mi caballo a la casilla A4. Alfil a D7. Peón a B3. Alfil a B5. Caballo a C3. Qué tonta fui, podría haberle comido su alfil. Dama a E6. Dama a E2. Yo tenía los ojos fijos en mi señor. Él me miraba. Me miró fijamente, como si yo fuera una bestia a la que él hubiera de dar caza. Me observó como el león observa a la bella gacela antes de lanzarse en pos de ella para alimentarse. Eso era lo que él iba hacer. Alimentarse. Alimentarse de mí, alimentarse de mi esencia. Yo era su preciado manjar en el jardín del Edén. Se abalanzó sobre mí, me quitó los calzones y yo gemí mientras él me lamía el botón, la cueva y la puerta del servicio. Me sentía como una diosa, me creía en el cielo, tenía a mi disposición todo lo que yo, en mi corta y poco valiosa vida, podía desear. El cuerpo del rey a mi disposición. El cuerpo de aquel Adonis, de mi señor, a mis pies. Él entró en mí con fuerza mientras yo me preguntaba cómo habíamos podido llegar a aquello. Pero yo lo deseaba. Yo era suya, y él era mío. Él entraba y salía de mí, cada vez más fuerte y más rápido a cada momento. El rey alzó una mano y movió una ficha, y yo logré verla. Era su dama, que se había comido a la mía. Grité entre fuertes espasmos tan alto como gritaban los espías enemigos al ver el potro cuando llegó nuestro clímax al mismo tiempo. Era jaque mate.

viernes, 17 de mayo de 2013

Cálculo erróneo.

Alfred sonrió. Al fin lo había conseguido. Cerró la puerta tras de sí y abrió los ojos lentamente. Estaba en una estancia redonda de unos cuatro metros cuadrados. Era el acelerador de partículas... Era la primera máquina del tiempo. Científicos de todas partes del planeta habían intentado fabricar una desde que leyeron los libros de H.G. Wells a finales del siglo XIX, y los de Isaac Asimov a principios del siglo XX, basándose en la teoría de la relatividad de Albert Einstein. La teoría estaba totalmente bien excepto por algunos cálculos y porque haría falta un astronómicamente elevado nivel de energía para acelerar el continuo espacio-tiempo. Tomó lo que había llevado consigo a aquella sala por si algo malo sucedía. Abrió la mochila y echó un vistazo dentro. Sólo había comida y algunos utensilios que, sospechaba, no le harían falta en el año 2163. Como sólo había una forma de volver, tenía que tener cuidado. Era un cubo metálico que, colocándose en el suelo, formaba una plataforma en forma de cuadrado. Guardó el cubo en su mochila y, tras pulsar el botón rojo de inicio, se sentó dentro del límite marcado por la circunferencia roja con mucho cuidado. Un solo dedo que se encontrase fuera de la línea roja circular en el momento de inicio y una grandísima catástrofe podía suceder. Contó hacia atrás mientras toda la ciudad se quedaba sin energía. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos... se detuvo. Un ruido ensordecedor capaz de hacer explotar sus tímpanos se oía. Abrió los ojos y miró el contador de tiempo. Había sobrepasado los mil años que había establecido como destino temporal hacia el futuro. El contador iba en aumento, y en unos segundos ya había superado los tres mil años. Entonces tomó una decisión: pulsaría la palanca para detener aquello, pero sin tocar nada más, ni siquiera el suelo. Se levantó y estiró el brazo pero, justo cuando iba a alcanzarla, perdió el equilibrio. Intentó mantenerse en pie agitando los brazos durante una fracción de segundo, pero fue inútil, y cayó al suelo. Vio cómo los números del contador aumentaban cada vez más, sin que él pudiese hacer nada para cambiarlo. Una luz blanca iluminó la estancia, cegándolo. Cuando abrió los ojos la máquina a su alrededor había desaparecido, y sólo pudo ver un desierto. Kilómetros y kilómetros de arena, y nada más que eso. Alfred gritó y corrió con rapidez, tropezando y cayendo al suelo repetidas veces. Le pareció ver algo más allá de la arena, y subió a una duna bastante grande. Lo que vio lo dejó pálido. Era una ciudad, pero estaba derruida. Y no se veía ni un alma. Caminó alrededor de dos kilómetros hasta llegar. Aquello era peor de lo que el joven Alfred había pensado. Los edificios estaban abandonados; los semáforos y las señales, arrancados del suelo; los cristales de los locales, rotos, y las carreteras estaban agrietadas. El calor abrasador que notaba había derretido el asfalto, y no había ningún coche decente, todos parecían haber sido aplastados. El joven buscó por todas partes, pero no vio a nadie. Lo extraño era que no solamente no había rastro de humanos, sino que tampoco veía animales o insectos. El aire lo mareaba, seguramente por la abundancia de CO2. Cuando se sentó en un banco de piedra para comer algo de su mochila, se preguntó cómo diablos podría sobrevivir allí. De pronto el suelo comenzó a temblar bajo sus pies. Se levantó y corrió lejos, pero el temblor no cesaba. El calor había aumentado, no estaba seguro de poder salir vivo de allí. Abrió su mochila rápidamente y sacó lo que buscaba, el cubo metálico. Lo lanzó al suelo lejos mientras seguía corriendo. El cubo se había expandido. Tomó la forma de un cuadrado y se elevó en el aire unos centímetros. Desprendía una luz de un luminoso color azulado. Justo cuando el suelo se abría bajo sus pies, saltó sobre la plataforma cerrando los ojos y desapareció. Al abrirlos se encontraba en la máquina del tiempo, y el ruido de los coches en la calle llenaba la estancia. Impactado por lo acontecido sólo unos segundos atrás, salió de allí y vio cómo la luz de su casa volvía a encenderse. Suspiró, ya no tenía ganas de dejar el presente.

martes, 7 de mayo de 2013

Canción de cuna para un ángel.

Axel se giró y vio a un ángel en su cama. Era su mejor amiga, su confidente, y puede que algo más. Ella se removía en la cama. Parecía una niña pequeña. Con sus finos dedos intentaba resistir el frío que sentía agarrando la sábana y el edredón, que no tenía ninguna clase de relleno, por lo que no era de utilidad. Axel cerró la ventana, abrió la puerta de un armario y sacó una mantita roja clara. La abrió y la colocó sobre el cuerpo del angelito, y susurró un "buenas noches, pajarito" al oído de la muchacha. Se sentó en una silla a unos cinco metros y abrió la tapa del piano colocado en frente. Sus dedos recorrieron todas las teclas, y él notó el fino tacto de las frías piezas de aquel precioso instrumento musical. Oyó que el ángel se removía por enésima vez y comenzó a tocar mirando una partitura que él mismo había escrito. Era una melodía muy trabajada, ningún detalle había sido pasado por alto. Una gran tristeza se notaba en los suaves tonos, pero al mismo tiempo no era un sonido desesperanzador, sino más bien enternecedor. Las finas y experimetadas manos del joven se movían con facilidad, como si sólo se tratase de entretenerse haciendo una pulsera con varias cuerdas. La primera nota notablemente alta fue antes que algunas de esa clase. Una lágrima cayó desde su ojo izquierdo hasta la mejilla, donde resbaló y cayó en la nariz. Una vez allí se precipitó por el interminable abismo que la separaba del suelo. Pronto acabó la pieza y, al levantarse, pudo comprobar que el ángel ya dormitaba boca arriba en la cama. Se acercó, dejó un besito de buenas noches en la frente de la niña y susurró un "te quiero" al oído de aquel angelito.

miércoles, 17 de abril de 2013

Alexander Wolf, eres un chico muy valiente.

Faltaban unos minutos para la hora del crepúsculo cuando un grito rasgó la noche. Un niño corría asustado por el cementerio. Quien lo perseguía apuntó con su arma de fuego y disparó. El zagal cayó al suelo y unas manos ambiciosas le quitaron lo que llevaba en los bolsillos, unas cuantas monedas.
—La próxima vez que robes te lo pensarás mejor antes de elegirme a mí como víctima.—dijo el chico dándole una patada en el estómago.
—Jack, creo que está muerto.—dijo el otro muchacho.
—¿No lo dirás en serio?—preguntó el joven observando el cadáver del zagal—¡He apuntado al costado!—.
—Pues has fallado.—Contestó el otro—Vamos, apartemos el cuerpo y larguémonos de este cementerio de una maldita vez—.
Ambos jóvenes echaron a correr, dejando el cuerpo inerte y sin vida del zagal apartado en un rincón. A unos metros una niebla se había formado, y pronto tomó la forma de una persona. Se asemejaba bastante al muchacho muerto. Levantó la mano derecha y se la miró.
—¿Qué es esto?—preguntó, pero nadie le respondió. Se acercó al cadáver y rozó su mejilla con la mano. Acto seguido, notó frío en su cuerpo, un frío insoportable del que no podía zafarse. El frío era cada vez mayor, y creyó que se iba a congelar, por lo que anduvo un poco, pensando en la posibilidad de que estuviese soñando. Caminó sin rumbo fijo y, de pronto, una fuerza extraña lo apartó del camino. Intentó resistirse, pero aquello lo atraía fuertemente, como si tuviese una cuerda atada al cuerpo y alguien tirara del otro extremo. Cerró los ojos y su cuerpo se elevó por los aires, viajando veloz. Cuando quiso darse cuenta, todo había parado. Abrió los ojos y lo primero que vio fue una gran lápida negra. Trató de leer el nombre, pero estaba muy mohosa y no consiguió distinguir nada. Miró alrededor. Había muchas lápidas. Algunas estaban rotas. Tenía mucho frío y estaba aterrado, y se asustó más cuando una gélida mano le agarró de su hombro derecho.
—¡¡Ah!!—gritó el chico.
Al darse la vuelta vio a una muchacha algo crecida de unos quince años. Tenía puesto un vestido gris bastante raído, y su piel era totalmente blanca.
—Eh, tranquilo, no voy a matarte.—dijo ella, y comenzó a reírse como si hubiera dicho algo gracioso.—¿No lo pillas? ¡No voy a matarte!—repitió, y siguió riéndose.—Oh... ¿Eres nuevo, ricura? Sí, está claro que no eres de por aquí, pero eres un pálido en toda regla—.
—¿Qué es un pálido?—preguntó el niño—¿Y por qué tienes la piel tan blanca? Tengo mucho frío...—dijo mientras intentaba darse calor frotándose los brazos con las manos.
—Frío... Sí, eres nuevo, no hay duda de ello. Pues mira, ricura, yo no soy la única pálida aquí, compruébalo tú mismo—dijo, y le agarró de la muñeca. Estiró de ella y le llevó a la parte trasera, notablemente más limpia que la delantera, de la lápida negra.—Tranquilo, tus ojos pueden ver en la oscuridad, para nosotros apenas hay distinción entre día y noche en lo que a nuestra capacidad de visión se refiere.—
El chico miró la nigérrima superficie de la lápida y lo que vio lo habría puesto pálido de no ser porque pudo ver a un muchacho con la piel tan nívea como la luna. Dos lágrimas salieron de sus ojos azules.
—Oh, ricura, no llores...—dijo la chica chasqueando la lengua, y le limpió los ojos con sus dedos.
—Antes..., estaba corriendo porque me perseguían, y oí un disparo, y caí, y no recuerdo más. Luego vi mi cuerpo, y lo toqué... ¿Estoy...?—inquirió sin poder terminar la pregunta.
—En efecto, ricura, estás más muerto que muerto... ¿Tienes frío, ricura?—preguntó ella.
El muchacho asintió tiritando.—S-sí—.
No te preocupes, eso es algo natural... Procura no acercarte demasiado a ningún mortal, porque podría sentir tu propio frío... Por cierto, yo me llamo Elizabeth, pero puedes llamarme Liz. Y antes de que lo preguntes, aquí están enterrados los malos, los que antes de morir hicieron algo no muy ético. Algunos son asesinos, otros ladrones, otros banqueros...—dijo riéndose de su propio chiste.—¿Cuál es tu nombre, ricura, y cuál la razón de que hayas ido a parar aquí? Ah, ¿y cuántas primaveras tienes?—.
—Yo sólo robé cuatro monedas a un joven para comprar una hogaza de pan y una pieza de queso. Me llamo Alexander Wolf, y me solían llamar Alex.—dijo él—Y tengo trece años.—añadió.
—Oh, tenemos aquí a un pequeño ladronzuelo... Tranquilo, hay gente mucho peor... yo robé un diamante, maté al dueño y me fui corriendo. Me apresaron a los pocos días y fui condenada a morir. Ah, y tengo ochenta y siete años.—Explicó.
—¡¿Ochenta y siete años?!—
—Eh, tranquilo, ricura. Fallecí a los quince años, así que en términos generales sigo siendo una señorita. El tiempo no pasa para nosotros. Incluso conozco a un asesino en serie que lleva más de trescientos años dando guerra y sólo aparenta veintitrés abriles. Pero ojo, puedo ser tu amiga, porque al morir jovencita, apenas he madurado... Qué me dices, ¿quieres ser mi amigo, ricura?—preguntó extendiendo la mano hacia el chico con suavidad.
El muchacho la miró, y después a Liz, y sonrió. Estrechó la mano de su nueva amiga sin apenas fuerza.
—¿Pero qué haces, ricura?—preguntó ella—Pareceré obsoleta, pero si quieres ser un educado caballero, besa mi mano—.
El niño se encogió de hombros, tomó la mano de la joven y la acercó a sus labios. Dejó un suave beso y miró a la chica, que se agachó hasta quedar a su altura, con la cara a unos centímetros de la suya.
—Alexander Wolf, si yo fuera una señorita viva como el fuego, estoy segura de que me sonrojaría. Ahora, me temo que he de irme, tengo cosas que hacer.—dijo sonriente.
—Pero... Yo no conozco nada de aquí... ¿Y si me pierdo?—inquirió el muchacho, algo asustado. Liz le tocó la nariz con el dedo índice de la mano derecha.
—Ricura, a las doce en punto de la noche sucederá lo mismo que hoy, volverás obligado a este sitio si para entonces no estás aquí. Intenta no acercarte a los humanos, podrías sentir nostalgia... Oh, qué triste es la nostalgia, que transforma nuestras caras hasta hacer que lloren. Adiós, Alexander Wolf.—se despidió y, antes de que éste pudiese hacer nada por impedirlo, desapareció.
El zagal caminó entre algunas lápidas, hablando con los distintos "pálidos" que se encontraban en el lugar de los malos. La primera persona con la que habló fue una viejecita que de joven había matado a tres bandidos que entraron en su casa; la segunda, un juez que había condenado a muerte a decenas de inocentes de forma arbitraria y desconsiderada.
Pasó el resto de la noche andando de aquí para allá, porque no tenía mucho sueño, y cuando tuvo ganas de dormir se apoyó en el árbol que había enfrente de la gran lápida negra. Allí durmió hasta que la mañana dejó paso al atardecer, y cuando la puesta de sol ya había pasado y era de noche, despertó, y lo que vio lo dejó asombrado. Eran sus padres. Dos hombres que los acompañaban llevaban su cuerpo, y llegaban al lugar de los malos. Lo arrojaron de cabeza a una fosa y los dos hombres desconocidos se dispusieron a echar tierra por encima del cadáver. Observó que todas aquellas personas dejaban una niebla de cierto color al andar. La de su padre era negra, negra por la rabia que sentía cuando pensaba en que su hijo era un ladrón; la de su madre, en cambio, era del azul más oscuro y triste que hubiera podido ver, y le entraron ganas de llorar al mismo tiempo que a su madre. Ninguno de ellos las reprimió. Quiso gritar. Quiso decirles que estaba muerto pero feliz, que tenía una nueva amiga, que no había muerto del todo, y cuando fue a levantarse una suave y sedosa mano lo detuvo. Era Liz, había agarrado su mano y tiró de ella hasta lograr que el niño se acurrucara en sus brazos. El muchacho rompió a llorar de nuevo, y sintió que Liz estaba con él para protegerlo de todo.
—Sh... Silencio. Silencio, ricura, no te va a pasar nada, y no importa lo que crea tu padre, porque tu madre sabe que no eres mala persona.—dijo ella.
—Yo... Yo... Robé las monedas para comprar pan y queso y tener algo que llevar a casa, pero solo le di este deshonor a mi familia.—dijo llorando el niño.
Aquel muchacho pudo escuchar cómo la voz melosa y aterciopelada de Liz le susurraba al oído:
—Alexander Wolf, eres un chico muy valiente—.