lunes, 28 de enero de 2013

Dorian Gray.

Viejo. Soy viejo. Muy viejo... digamos que un anciano... y sin embargo sigo igual de joven. Mis manos no están arrugadas, mis andares no se ven interrumpidos por catarros. Y mi verdadero yo se consume lentamente dentro de una prisión de pintura, brujería y fuego. He visitado lugares que nadie se atrevería a observar. He hablado con personas que harían encogerse de miedo al mismísimo Lucifer... y nada me ha llenado. Nunca lloro. Soy demasiado fuerte. Y sin embargo, me quebré por dentro cuando supe que aquella muchacha, que tendría aproximadamente veinticinco años, esa alegre y luchadora sufragista, era la hija de mi amigo Lord Henry. Me he acercado a la tumba de la única mujer a la que amé con tanta intensidad, la muchacha que interpretó a Ofelia en su papel de la obra Hamlet... Sibyl Vane. Mi cuerpo no ha llorado. He sollozado, pero ninguna lágrima salía. Y mi verdadero yo, quien de verdad lloraba... no está realmente dentro de mi cuerpo, sino atrapado en un cuadro. Un cuadro que llora. Que sufre. Que se consume lentamente, cada vez más deprisa. La he recordado. He recordado a Sibyl... en el río. He recordado su sonrisa, he recordado todo lo bueno que pasé en tan poco tiempo. He recordado la angustia que sentí cuando su hermano me dejó claro que había muerto... quitándose la vida.
Y, como si lo desease, el hombre ha aparecido. Ha estado a punto de matarme. Y yo, como un cobarde, he huido con palabras. Le he dicho que no era Dorian... y no le he mentido. Dorian murió hace veinticinco años, cuando el Diablo se aprovechó de él para transformarlo en el horrible monstruo que es ahora.
Ella ha vuelto a verme. Sabe lo que soy... aunque no con certeza, ni lo sabe de la misma forma que yo lo sé. La vida me sonríe poco a poco, me encuentro más vivo que nunca. Me desahogo con locas notas de piano delante de esta gran muchedumbre vieja y afeada que aún no puede creerse que sea tan... irresistible... muy a mi pesar. Sé cómo me consideran algunos... un diablo. O alguien que ha pactado con Satanás... están cerca de lo que sucedió en realidad. Y yo... cada vez me pongo más nervioso, porque todas las cosas, todas las palabras que me dicen, de las que huí, ahora vienen y me golpean, me acosan, me vuelven agrio. Veo la cara ensangrentada de Basil por todas partes. No soy capaz de hacer mi vida real. Algo adorado por algunos, desconocido por unos y odiado por otros, algo llamado conciencia, viene a rendir cuentas conmigo. Esa Emily Wotton... una parte de mí la ama, pero no quiere matarla, como pasó con Sibyl.
El cuadro ya es horrible, refleja cómo soy en realidad. Soy un monstruo. Mi alma está podrida. Apesta.
El hermano de Sibyl ha venido de nuevo. Me va a matar. Y yo, más miserable que nunca, una persona que quiere morir, intento salvarme. Y el hombre, como tantos otros, muere ante mi mirada aterrada, mientras le pido disculpas. Por él. Por Sibyl... por mil cosas distintas. Muere.
Todo pasa muy deprisa. La fiesta, el desagradable descubrimiento de Lord Henry, que ve por fin cómo soy, mi desesperación al comprobar que una buena acción no basta para curar al enfermo y abominable ser que soy. Y quiero acabar con esto. Puede que no haya sido una acción desinteresada el amar a Emily... pero creo que la amo de verdad. La amo. Y no puedo soportarlo. Miro por última vez el cuadro. Muestra la facha de un hombre podrido. Alguien que nunca va a poder ser libre... un monstruo. Arremeto contra el lienzo y su horrenda pintura, que una vez fue la mejor obra de arte de Basil, uno de los hombres más nobles de corazón que he conocido. El monstruo muere... yo soy el monstruo. Muero mientras veo en un destello cómo la imagen del cuadro recupera los verdaderos trazos del pincel. Veo cómo mi alma resurge de las cenizas para ir a parar al cuadro. Y yo me consumo.
Ahora estoy siendo liberado... pero el amor pesa mucho en mis débiles manos. Es extraño, porque deseaba este momento, y ahora que lo tengo, ahora que se escapa de mis dedos... ahora me doy cuenta de que solo soy un ser humano, de que soy egoísta. De que odio y amo, de que un buen pintor no solo atrapa la imagen perfecta de lo que pinta, sino también... su alma.