viernes, 22 de marzo de 2013

Una flor marchita.

Se sentó al pie de un árbol y hundió la cara entre las manos. Había buscado en todos los lugares del mundo. Había explorado cada cueva, había entrado en cada casa, había removido cielo y tierra para encontrarla. Pero no estaba. Todavía recordaba la expresión que había mostrado en su faz aquel joven poeta amante de la perfección artística, la danza, la música, la belleza y la sanación. Recordó que había mirado un alto árbol, perfecto y hermoso, el mismo en el que ella estaba apoyada, y supo que algo le pasaba, porque no agitaba sus ramas coreando la melodía del viento; porque al igual que muchísimas plantas y que una extensa vegetación, perdían las hojas y todo se tornaba marrón, como si fuese a desaparecer. Ella recordó todo aquello y esbozó una amarga sonrisa. No había ningún lugar donde pudiera estar su hija... su bella y alegre hija. Ni siquiera en las profundidades del océano había podido apreciar su dulce voz, y su olor a naturaleza parecía extinto. Observó una pequeña flor a sus pies, entre sus piernas, y la rozó con los dedos acariciando sus sedosos pétalos, pero sintió que no era bienvenida, y volvió a preguntarse cómo era posible que aquello pasara. Levantó el rostro una segunda vez y sintió la dura y dolida mirada del viento, que le reprochaba su despotismo y su forma de actuar. Bajó la vista, intimidada, y una lágrima se deslizó desde su ojo hasta llegar a la nariz y caer silenciosamente al suelo. Fijó su mirada en el lugar en el que hacía unos segundos la flor la había rechazado y ya no encontró un maravilloso pedacito de vida, sino una flor marchita.

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