lunes, 2 de marzo de 2015

Casual bisexual.

En primer lugar quiero dejar claro que no creo que se nazca gay. Pienso que todo el mundo es más o menos bisexual. Algo así como un porcentaje. Porque yo sé que no me hice gay hasta que se liberó algo en mi interior. Es decir, de pequeño me atraía mucho el personaje Vegeta de la serie de anime Dragon Ball Z. No como fantasía sexual recurrente sino más bien como una inocente vertiente de mi deseo sexual. Si me tuviera que acostar con un hombre, decía a los catorce años, ese sería Vegeta. Es fuertote y tiene el pelo guachi, por qué no, pensaba. Pero hasta los veintidós años no descubrí que era homosexual. O bisexual, en este caso. Yo me masturbé hasta perder la virginidad, como todo humano sobre la faz de la tierra. Y después también, obviamente. Aquello era un vicio que me gustaba. Consumía pornografía, mucha pornografía. Sobre todo de mamadas. Me imaginaba siendo el hombre que recibía esa felación. Vamos, que me ponía burro. Pero esta larga historia no aborda solamente mi intrusión en el mundo homosexual, sino también los acontecimientos que varios años antes tuvieron lugar.
Una noche de sábado me encontraba yo a las dos de la mañana en una de esas calles que ya huelen a vómito a las ocho de la tarde, vigilando la hora para volver a casa lo más tarde posible pero sin sobrepasar el toque de queda que mis padres me habían impuesto bajo el pretexto de que yo tenía diecisiete años y debía ajustarme a un horario diurno. No estaba para nada cansado; unos amigos me habían dado a probar un chupito de algo llamado Jägerbomb y tenía energía para dar y regalar. Pues bien, me empecé a acercar a la amiga con la que solíamos salir y que era, con perdón, más chico que chica. Algo entrada en carnes, de mi edad, con unos bonitos ojos normalitos, de los marrones, que siempre se había venido conmigo a jugar al baloncesto en vez de hablar de chicos con sus amigas, razón por la cual estaba muy unido a ella. Y bueno, me dijo que sus padres estaban fuera de la ciudad porque habían querido celebrar su decimoquinto aniversario de casados a lo grande en una casa rural a las afueras de Asturias y que, por lo tanto, su casa estaba vacía. Yo, aun teniendo la mente más sucia que nadie, interpreté esa aclaración como una oferta para ir a su casa a jugar a la Play Station, y acepté sin dudarlo. Una partidita nocturna al Crash Bandicoot no me vendría nada mal. Todo esto lo pensaba sin darme cuenta de que el tiempo estaba avanzando. Así que fuimos a su casa y al entrar me acarició el hombro y me preguntó si había hecho eso alguna vez mientras se acercaba más y más a mí. Yo, obviamente, sí había jugado antes a la Play Station, pero no era eso lo que quería aquella avispada chica, y me di cuenta justo a tiempo para decirle, balbuceando, que no. Resultó que ella, tan tímida como solía ser en eso de los sentimientos y el hecho de intimar, se había vuelto más extrovertida gracias al alcohol. Yo en cambio, más dado a hacer tonterías y a creerme el más chulo del barrio, me puse rojo como un tomate y de pronto comencé a hipar. Claro, no había mejor momento en toda la noche que ese. Pero todo pasó muy rápido y, en poco tiempo, tenía la lengua de mi mejor amiga Paula chocando contra la mía. Ya que eso tenía que pasar, pensé, mejor sería si yo dominara la situación. Y la lengua. Así que la cogí de los hombros y dimos algo parecido a una vuelta de ciento ochenta grados. Todo ello mientras nos quitábamos torpemente las bufandas y los gorros porque estaba puesta la calefacción, y ya estaba yo lo suficientemente caliente. Total, que tras irse el hipo mi amiga me dijo que ella tampoco había hecho antes eso de follar. Así que, tras habernos quitado la mayor parte de la ropa, le pedí que fuéramos a su habitación y ella dijo que no, que mejor en la de sus padres. También dijo que le daba mucho morbo. Yo, aunque lo recuerdo todo perfectamente, estaba muy ebrio para poder entender aquello, y sólo pensaba en aprovechar aquel subidón de adrenalina. Nos metimos en el cuarto de sus progenitores y se arrodilló ante mí mientras echaba un vistazo a la «tienda de campaña». Puso sus manos en mis nalgas y empezó a quitarme los calzoncillos haciendo que mi miembro, tras resistirse a salir, diera un largo salto que hizo que ella se riera con ganas. Ella abrió la boca y se la metió dentro. Así, sin avisar. Perfecto, era la primera vez que mi pene se metía en una boca y yo no lo había visto al tener los ojos cerrados. Mi primera reacción fue la de abrir la boca porque me había mordido un poco pero cuando, muy desagradecidamente, le iba a llamar la atención, me dio un azote en la nalga izquierda y me callé. No lo volvió a repetir, y siguió chupando durante medio minuto que a mí se me hizo eterno; ni bien ni mal, aunque a mí me pareció genial. Tras todo aquello decidí que ya había tenido suficiente con el azote y que me tocaba a mí llevar la delantera, por lo que la puse boca arriba y me coloqué encima de su cuerpo. Saqué la cartera del bolsillo derecho de mi pantalón, que se hallaba tirado por el suelo, cogí el condón que mi padre me había obligado a meter dentro dos meses atrás, empujé con el dedo pulgar en el centro para cerciorarme de que se abría para ese lado tal y como me habían aconsejado hacerlo en una visita a un centro de planificación familiar en secundaria, me lo puse con arte y esmero, abrí la cama con fuerza, sujeté mi miembro con los tres primeros dedos de mi mano derecha y la penetré mientras la miraba a los ojos y ambos jadeábamos con fuerza. Justo en el momento en que lo hice me vino a la mente los sobrecogedores relatos sobre el dolor en la primera vez de las mujeres que había leído en Internet pero, extrañamente, ella sólo emitió un ligero aullido antes de dar otra vuelta de ciento ochenta grados y posicionarse sobre mí. Que no, que Paula era el chico en ese momento, pensé. Así que decidí darle a probar de su propia medicina y, mientras mis ojos se dirigían hacia sus bamboleantes pechos, hechos a medida para su bonito cuerpo, mis manos agarraron con un fuerte golpe seco sus dos cachetes al tiempo que mis ojos se dirigían hacia su cara para comprobar su reacción que, al contrario de lo que pensaba, fue sonreír y darme un beso en la mejilla. Fue divertido porque no lo calculó muy bien y, debido al movimiento de su cuerpo, acabó esparciendo la saliva de sus labios por toda mi cara y casi me lamió una ceja. Menudos principiantes estábamos hechos. Bueno, ella no lo parecía. Para tener esos kilos de más que, a mi gusto, le hacían muy atractiva, se movía divinamente. Decidió adoptar otra pose y, con las manos sobre su trasero aún, se tumbó sobre mí y me besó mientras intentaba mover sólo las caderas. Aquello no era tan intenso como todo lo anterior, pero podíamos follar y besarnos al mismo tiempo sin que yo recibiera lametones de vaca por toda la cara. Al rato volvimos con el anterior vaivén y ella acabó en un fuerte orgasmo cuyos consecuentes—y escandalosos—gritos no reprimió. Es más, cuando yo paré ella se quedó muy quieta, como si hubiera perdido el sentido durante unos instantes y un hilillo de saliva cayó de su boca mojándome la nariz. Yo me limpié con una mano, le di un beso en los labios, la miré y ella musitó un suave aunque contundente «sigue, joder» que me asustó, así que la volví a poner debajo de mí. Y bueno, tengo que admitir que todo fue fantástico hasta que noté que me iba a correr. Me entró tanto pánico al saber que la tenía dentro cuando sólo quedaba medio segundo para llegar al clímax que se me escapó un aullido que dio paso a mi último y alto jadeo al tiempo que terminaba dentro de ella. Pero toda esa preocupación se me olvidó al recordar que tenía puesto el preservativo, por lo que decidí abandonarme a una ligera muestra de cariño hacia Paula y me dejé caer al lado de ella. Me incorporé y la besé detenidamente en los labios mientras ella me acariciaba el pelo y yo sacaba mi semi erecto miembro de su vagina para quitarme el condón. Le hice un nudo y lo arrojé sobre mis pantalones para que luego me acordara de llevármelo y tirarlo. Y justo entonces recordé que debía de ser muy tarde y me incorporé rápidamente, sobresaltado. Mi amiga me miró de forma rara y pronto comprendió la razón de mi comportamiento al ver cómo miraba mi reloj. Eran las tres y veinte de la madrugada, y mi hora para llegar a casa había pasado veinte minutos atrás. Así que cogí todas mis cosas, me puse la ropa, me metí el condón usado en el bolsillo y mi amiga se levantó de la cama para ayudarme a buscar las zapatillas. Hablamos poco, ambos teníamos cosas sobre las que pensar, y antes de salir de su casa tomé su cabeza entre mis manos y enterré mi lengua dentro de su boca. Ya que nos despedíamos, que fuera en condiciones. Obviamente ninguno de los dos pensó que a la mañana siguiente habría que hablar, y mucho. Tal vez fuera debido a los pensamientos paranoicos causados por el alcohol pero, mientras bajaba las escaleras del portal y salía de la casa de Paula hacia la mía, me sentí la persona más solitaria del mundo. Llegué a casa y, contra todo pronóstico, no había nadie despierto para recibirme con una merecida bofetada. Así que caminé de puntillas hasta mi habitación, me quité casi toda la ropa y me metí a la cama en calzoncillos. Y me dormí pensando en lo que había pasado y en la suerte que había tenido al haber llegado cuarenta minutos tarde a casa y que mis padres no me hubiesen montado la bronca del siglo.
Me desperté sobre las doce del mediodía recordando todo lo acontecido la noche anterior y con una resaca que me hizo beber la botella de agua fría de cristal que había en la nevera casi de una vez. No había nadie en casa, mis padres se habían ido, según ponía en una nota sobre la vitrocerámica, a un concierto homenaje a Pearl Jam que había en un bar de mi barrio y, aunque hasta las canciones menos conocidas de ese pedazo de grupo me hacían sentir mariposas en el estómago, decidí no ir y quedarme en casa para la gran charla telefónica con mi mejor amiga que sabía que se avecinaba. Paula no tardó más de quince minutos en llamar para preguntarme, muy nerviosa, qué diablos había pasado la noche anterior. Yo le pedí que esperara un minuto, dejé el teléfono inalámbrico sobre la encimera y corrí rápidamente hacia mi habitación, saqué el preservativo del bolsillo izquierdo de mi pantalón y volví a la cocina para tirarlo rápidamente a la basura. Luego lo tapé con dos servilletas con el miedo a que alguien rebuscara por allí y me puse al teléfono para decirle lo que recordaba, prácticamente todo, aunque intentando suavizar la situación. Al parecer ella no recordaba lo de la noche anterior, pero le venían a la mente cortos recuerdos aleatorios de la pasada noche. Le conté todo lo que sabía y mantuvimos una charla de al menos cuarenta y cinco minutos sobre si alguno de los dos sentía algo por el otro, sobre si era nuestra primera vez, respuesta afirmativa que ambos reiteramos, y sobre si se iba a repetir. Y vaya que si se repitió. Durante cuatro años nos acostamos en incontables ocasiones. Probamos de todo, pero siempre recordaré la primera noche como la mejor. La vez que vino por sorpresa, al menos para mí, y que ambos nos abandonamos a la lujuria deseando demostrar a la otra persona de lo que éramos capaces pese a ser dos novatos. Esas primeras veces, salpicadas por momentos vergonzosos y absurdos que nuca se ven en películas o libros, nunca se olvidan. Pero aquella extraña relación que no pasó de algo levemente sentimental aunque casi totalmente físico, tuvo un final. Cuatro años después ella encontró un buen trabajo en Barcelona y decidió irse a vivir allí. Yo trabajaba redactando noticias en un periódico local y eso me dejaba poco tiempo para verla, pero de ahí a no verla más había un gran paso. Obviamente eso nos afectó a los dos, pues para algo éramos amigos íntimos desde hacía casi dos décadas, y la despedida fue muy triste. Pero a mí me dolió mucho más. Quizá demasiado. Porque yo sentía por ella algo que había reprimido durante esos últimos años. No le dije nada sobre mis sentimientos, y tuve que plantearme seriamente la idea de suicidarme como opción para acabar con ese sufrimiento que me destrozaba por dentro.
Me fui a vivir a un piso en alquiler y me costó varios meses adaptarme a ese cambio y, con ello, intentar olvidar lo que había pasado entre nosotros. Ella lo hizo muy fácil, pues me trataba como siempre. De forma amigable, amistosa y algo cariñosa. Claro está que no dejé de sentir eso por ella hasta pasado un largo tiempo, pero conseguí habituarme a hablar con ella una vez a la semana durante el tiempo en que ella vivía fuera de Madrid. Aquello me chocaba porque ni ella ni yo habíamos tratado de dejar de hablar los domingos a la tarde. Solíamos decir que el domingo es el día más deprimente de la semana, que qué mejor que juntarnos los dos, aunque fuera a distancia y por teléfono, para alegrar ese triste y aburrido día. Aquello me hacía, a partes iguales, alegrarme por la relación amistosa que ahora ambos compartíamos y entristecerme por lo que había perdido al recordarla abrazada a mí. Me habitué a hablar hasta casi dos horas por teléfono en una sola llamada y hasta tuve que cambiar de compañía telefónica porque en ocasiones no me sentía satisfecho con dos míseras horas al teléfono. Además, aquello compensaba mi soledad. Hacía semanas que no salía a la calle más que para ir a trabajar, acompañar a algún compañero de trabajo y cenar con él, verme con algún viejo amigo o hacer la compra. Llevaba meses sin probar el sexo y la masturbación no me satisfacía lo suficiente como para expulsar de mi cuerpo el estrés de mi día a día. Una noche se me ocurrió algo insólito mientras trataba de conciliar el sueño. Nunca había probado el sexo telefónico. Miré el calendario en mi móvil y comprobé que era viernes. Lo hablaría con Paula el domingo, me dije sin pensarlo dos veces. Y sí, lo hablé con ella. No se lo pedí abiertamente, pero las veces que abordé el tema en la larga conversación de aquel último día de la semana ella dio respuestas que no me esperaba para nada. Me habló de las líneas eróticas. Cuando, tras cambiar varias veces de tema, colgamos, pensé en cómo había conseguido rechazarme de esa forma tan elegante y cariñosa, alejándome de mis primeras intenciones. Tal vez ella sabía desde hacía tiempo lo que yo sentía por ella. Sería lo lógico, no había nadie que me conociera mejor que Paula. Decidido a satisfacer mis instintos primarios con quien fuera posible, me informé sobre las desorbitadas tarifas de esas líneas y llamé a una línea erótica la noche del lunes siguiente. El sistema de aquella línea era sencillo, sólo tenía que pulsar el número uno o el dos según mi sexo y el tres o el cuatro dependiendo del sexo al que quisiera que perteneciera la otra persona, y luego hablar con quien se pusiera al otro lado. Esperé que los setenta céntimos por minuto que estaba pagando dieran resultado pero, tal vez por torpeza, marqué mal los números. El uno para el sexo femenino y el tres para buscar hombres. Y no sé cómo pero, tras pulsar el número dos, me equivoqué y le di al cuatro. Bravo, lo había vuelto a hacer. Menudo patinazo. Iba a colgar cuando escuché a un hombre al teléfono. Decía llamarse Miguel Resines y ser de Madrid. Lo ignoré y colgué. Pensé en volver a llamar, pero estaba demasiado cansado para ello. Me habían dado un día libre al día siguiente y pensaba acostarme pronto para poder ir a hacer las compras y dar un paseo por mi barrio. Así que le mandé un mensaje a Paula desde mi móvil diciéndole que me había equivocado de la forma más tonta posible, y me respondió diciendo que era típico de mí meter la pata en los momentos más inoportunos. Di por acabada la conversación y me fui a dormir.
Desperté sobre las nueve de la mañana sin ganas de hacer nada que no fuera quedarme tumbado en la cama, pero la nevera estaba prácticamente vacía, por lo que me levanté, me hice una tostada y la desayuné junto a un café solo con hielo que me supo especialmente amargo. Tal vez por el fracaso estrepitoso del día anterior. Me vestí con una camiseta negra y unos oscuros pantalones vaqueros. Según salí de casa me dirigí al banco a sacar dinero y luego al supermercado. Hice las compras relativamente en poco tiempo y, como a partir de ochenta euros me llevaban la compra a casa gratis, me llevé bastantes cosas. Salí de allí y anduve tranquilamente hasta una ferretería en la que compré una bombilla esférica «e-14» para reemplazar una fundida del aseo de mi casa, y justo al salir oí cómo la segunda dependienta se despedía del otro comprador diciendo «Hasta la vista, señor Resines». Eso me hizo abrir los ojos mientras trataba de que no se notara mi desconcierto. Aquel apellido no era demasiado raro pero tampoco muy común. Decidí seguirle durante unos minutos y de pronto se me ocurrió hacer una estupidez propia de mi edad. Saqué el teléfono móvil y grité:
—¡Miguel, cuánto tiempo!
Y efectivamente, aquel hombre se me quedó mirando, aunque sólo fue por una fracción de segundo. Luego se giró y siguió andando, seguramente escuchándome, mientras yo hablaba con ese falso Miguel sobre la despedida de soltero de nuestro amigo Raúl. Tras colgar le toqué el hombro y le dije que le había pillado, que él era el tío de la línea erótica. Al principio se mostró muy contrariado, seguramente fingía tener prisa para zafarse de mí a la menor oportunidad, pero al final acabé cayéndole bien y le invité a una cerveza en un bar al lado de su casa. Al parecer él era bisexual aunque había llamado a la línea erótica buscando una mujer con la que tener alguna relación ocasional. Yo, en cambio, era heterosexual, pero en mi cabeza se estaba forjando la idea de probar con otro hombre. Es decir, no era algo que ansiara fervientemente, pero quería probarlo todo y cuanto antes. Naturalmente no se lo dije en ese momento, sino que le pedí el número de teléfono y se lo escribí en un mensaje nada más llegar a casa y cambiar la bombilla del cuarto de baño. Él no me respondió inmediatamente y yo tomé eso como un silencioso y tajante «no». Hasta que, al día siguiente, por la noche, me mandó un mensaje con su dirección de casa y una hora para quedar. Parece ser que aquel hombre, que no parecía superar mi edad—que por aquel entonces era de veintidós primaveras—por más de dos años, quería ir rápido. Repasé mis recuerdos sobre él. Un hombre de piel clara y cabello moreno, aparentemente atlético. Parecía un buen partido si no tuviera en cuenta que lo había conocido por pura casualidad en una ciudad enorme con más de tres millones de habitantes. Aquello parecía más imposible que improbable, pero paso exactamente así. Llamé a Paula y se lo conté todo. Se extrañó aunque se alegró bastante de que fuese a experimentar mi sexualidad de esa forma. Y unas horas más tarde, a las nueve, salí de casa en dirección a la casa de Miguel. Llegué casi media hora más tarde, un par de minutos antes de lo acordado. El portal estaba abierto, por lo que subí directamente al cuarto piso y di tres pequeños y rápidos golpes a su puerta. Tras unos veinte segundos que me parecieron eternos la puerta se abrió sin apenas ruido. Ahí estaba él. Antes de entrar lo señalé y dije algo que había estado pensando desde que salí de casa:
—Sin besos.
—Sin besos.—repitió, y me hizo una seña para que entrara.
Su casa era grande y hacía calor. Me llevó a su habitación y escuché algo parecido a la música techno, muy alejado de la música pop de Madonna que una persona como yo esperaría oír en un ambiente gay. Me desnudé y conversamos un rato sobre nuestros gustos. Me preguntó si estaba «limpio». Según lo que había averiguado en internet, aquello significaba no tener ninguna ETS. Y yo no me había planteado hacerme un test de esos en la vida. Pero le dije que sí, que estaba limpio. Y se lo creyó. Y realmente acerté, puesto que nada más salir de allí fui a la farmacia a que me hicieran uno y los resultados fueron de lo mejor. Pero volveré a lo que pasó allí. Algo que también había pensado era quién sería el activo. Por mi parte, salvo algún pequeño aunque placentero y morboso experimento hacía más de un año con el dedo meñique de la mano derecha de Paula, no había tenido ninguna experiencia relacionada con el sexo anal, por lo que quedaba descartada la posibilidad de que yo asumiera el rol pasivo. Se lo comenté a Miguel y éste soltó una carcajada y me dijo que sabía desde el principio que yo sólo estaba experimentando y que tendría que ser el activo. Asentí y lo primero que hice fue esparcir cierto rasgo de dominación en el ambiente. Le pedí que se pusiera de rodillas y abriera la boca. Me puse el condón, había sido contundente con la posibilidad de recibir mi semen en la boca, y metí mi miembro dentro de ésta. Él me miró a los ojos, se sujetó la muñeca con la otra mano detrás de la espalda y comenzó a sacar y a meter mi pene de su boca, lentamente al principio y con una velocidad ascendente. Aquello mes estaba gustando, y mucho. Más de una vez durante aquella felación, que duró casi diez minutos, me sorprendí mirándole el cuello, la espalda y lo que pude ver de su culo. Decidí ir un paso por delante y sujeté su cabeza con las dos manos. Comencé a empujarla, haciendo que entrara entera. La sensación de presión que sentía al tenerla empujando hasta el fondo dentro de su boca hacía que me sintiera en el cielo. De pronto sentí unas irremediables ganas de hacer caso a lo que el cuerpo me pedía e hice que se levantara. Cogí un pequeño bote de lubricante que éste había dejado sobre la mesilla de noche y me eché algo en los dedos. Lo puse a cuatro patas y esparcí la crema transparente por su agujero trasero, le di un beso en cada nalga antes de colocarme con la rodilla izquierda apoyada sobre la cama y el pie derecho sirviendo de apoyo y comencé penetrar su ano poco a poco. La sensación fue muy, pero que muy placentera. Fue fácil entrar aunque estaba apretado, y eso hacía que me sintiera violento y poderoso. Comencé a meter y sacar mi miembro de su culo a un ritmo normal, algo distinto a lo que anteriormente había probado al estar semi arrodillado. Habían pasado unos veinte minutos desde que entré en su casa y ya estaba a punto de correrme. Decidí ir más lejos y comencé a masturbarle mientras me resistía a llegar tan rápido al clímax. Fue difícil pero conseguí que él llegara al orgasmo, derramando su semen sobre las sábanas, antes de hacer yo lo mismo dentro de su culo y del preservativo. Acabamos los dos en la cama, exhaustos, y me acerqué para besarle. Aquello no me lo había planteado. No fue como besar a Paula, pero me llenó. Toda aquella experiencia me llenó. Metérsela de aquella forma, besar su cuello con fruición, mordisquear sus pezones, masturbarlo... Todo aquello superó de lejos lo que yo podía esperar de mi primera relación homosexual. Salí de su casa más que satisfecho, fui a la farmacia a hacerme el dichoso test y nada más llegar a casa llamé a Paula para contarle lo sucedido, incluso me pidió que le relatara con detalles todas y cada una de las cosas que habíamos hecho Raúl y yo.
Tal vez esto sea muy extraño, ¿no? Encontrarme con un hombre bisexual en una línea erótica y toparme con él en una ferretería de mi barrio al día siguiente. Eso sumado a la anterior relación con mi mejor amiga una fugaz noche de sábado, embriagado por varios cubalibres y alguna copa de pacharán. Puede que mi día a día haya sido el resultado de una sola circunstancia. Tal vez toda mi actividad sexual esté basada en la más pura de las casualidades.

miércoles, 7 de enero de 2015

Mi experiencia nudista.

Estaba sentado frente a la pantalla del ordenador, a las cinco de la madrugada del siete de enero del año 2015. Me apetecía comer spaghetti, y fui a la cocina, abrí la nevera y cogí el recipiente en el que estaban los del día anterior. Pero el tomate se había pegado a ellos y en esos casos no me gustan nada, así que fui a la cocina y cogí una de esas ollas que hay a miles en mi casa, una pequeñita; tomé spaghetti del armario y lo partí todo en dos. Cogí lo que creí necesario para una ración y eché varios dientes de ajo que al hacerse con los spaghetti perdieron el picor, y eché todo en un plato, porque no había tomate para verterlo justo después de sacarlos de la olla y quería acompañarlos con algo. Y me di cuenta de que había una pequeña parte que se había pegado al suelo de la olla, así que cogí un estropajo de acero inoxidable y empecé a frotar a ver si se iba, pero ni así. Desistí y comencé a comerme los spaghetti, que estaban algo resecos pero sabían muy bien por los trozos de ajo cocido que había cortado después de sacarlos de la olla. Eran las seis menos veinte de la mañana, no había dormido nada. Así que me puse las zapatillas y abrí la puerta. Dejé el cerrojo echado y la puerta por dentro, de forma que no se pudiere cerrar gracias al pestillo, y cogí las llaves por si acaso después de apagar la luz de la cocina. Bajé las escaleras con seguridad, a esas horas no debía de haber absolutamente nadie en la calle. Salí de casa y cerré suavemente la puerta del portal, aunque no del todo, para poder abrirla al volver con un simple empujón. Fui con la olla al contenedor más cercano y, haciendo alarde de una cultura inimaginable y de una concienciación tremenda por el medio ambiente y los problemas que podría suponer tanto para el planeta Tierra como para las futuras generaciones, la eché al contenedor más cercano, el orgánico. No había nada en el contenedor, sólo algunos trastos, y estaba oscuro. Debía de haber venido el camión de la basura. Pero yo la tiré sobre una pequeña bolsa del fondo y conseguí lo que me había propuesto, hacer el menor ruido posible. Me di la vuelta y miré hacia ambos lados. Ni un alma. Si me desnudase ahora mismo, pensé, nadie me vería. Volvería a casa y yo nunca sería descubierto. Nunca antes me había excitado, sexualmente hablando, la idea de desnudarme en la calle, con toda esa gente estúpida propensa a señalar, que es de muy mala educación, y a reírse de la gente. Vamos, que yo no era, ni soy, un exhibicionista. Justo cuando mis manos se dirigían hacia el pantalón corto del pijama, al que acompañaba una camiseta publicitaria de la marca de tabaco Winston, vi a una persona que se acercaba a lo lejos. No llovía, pero llevaba algo parecido a un chubasquero, y se tapaba la cabeza con la capucha. Dejé que pasara mientras me apoyaba en un seto al lado del bar que está en frente de mi casa, cuyas luces de Navidad aún parpadeaban con gracia. Hice como si esperara a un amigo. Menuda gilipollez, pensé después. Esperar a un amigo a las seis menos veinte pasadas de la madrugada. Pero vamos, que el hombre pasó de largo y entonces me dije que, si no lo hacía en ese preciso momento, nunca lo haría. Así que, en cuanto desapareció, me bajé los pantalones y los calzoncillos al mismo tiempo y me quité la camiseta, y di un par de pasos antes de pensarlo mejor y quitarme las zapatillas también. Ya que lo hacía, que fuera en condiciones. Hacía frío, pero con el chute de adrenalina que tenía en el cuerpo la temperatura no me afectaba lo más mínimo. Tomé mi pijama, el calzado y la ropa interior con mi mano derecha y eché a correr, no muy rápido, hacia el portal. Abrí la puerta de un leve empujón, entré y subí la rampa, rápido y de puntillas. Justo al subir los tres primeros escalones tras los que debía girar a la derecha para ascender por los dieciséis restantes hasta el primer piso, en el que se encontraba mi casa, escuché un ligero silbido detrás de mí, y al girarme instintivamente pude comprobar que había sido una falsa alarma, que aquel sonido lo había causado la puerta del portal al cerrarse. Creo que no cogí el ascensor por el auténtico pavor que me daba la sola idea de que pudiese haber alguien bajando a la planta baja. Confiado y muy, pero que muy aliviado, comencé a subir las escaleras de una en una. Mis pies descalzos apenas hacían un imperceptible ruido al pisar las gélidas baldosas. Tap, tap, tap, tap, sonaban. Tap, tap, tap, tap. Y yo los oía todos. Tap, tap, tap, tap. Todos aquellos insignificantes y pequeños golpes de mis pies. Tap, tap, tap, tap. Y justo al llegar arriba, justo cuando mis ojos miraron hacia la derecha, en dirección a la puerta de la cocina por la que suelo entrar a mi casa, vi con horror que había alguien mirándome con un destello azulado y peligroso en la mirada. Mi madre. O eso pensé durante unas fracciones de segundo, mientras mi corazón bombeaba sangre al doble de pulsaciones por minuto de lo habitual. El tenue resplandor zafirino que vi no era más que la luz azulada en forma de círculo luminoso que proyectaba el televisor OKI de la cocina. Todo había sido un engaño, una burla, una broma de mal gusto que me había gastado mi percepción sensorial. La puerta estaba ligeramente abierta, con el pestillo extendido, y todo seguía tal y como yo lo había dejado. Cerré la puerta con mis llaves, caminé desnudo hasta mi habitación, encendí mi ordenador y me dispuse a escribir este relato.