Injusticia doméstica 1.

Esto ya es el colmo. Yo estoy algo gordo. Sí, lo admito, me gusta comer. Me encanta saborear diferentes comidas, me encanta comer no por hambre, sino por placer, básicamente como todo el mundo. Ojo, no peso lo mismo que Israel Kamakawiwo'ole—una persona a la que admiro mucho, al igual que a Tony Sheridan, y lo mejor de todo es que los tres nacimos el mismo día, 21 de mayo—, pero tengo unos cuantos kilos de más.
Hoy mi madre, presa de la rabia, me ha pedido que me pese. El resultado no le ha gustado, y ha empezado a llamarme gordo. Ha dicho que iba a seguir ejercitándome en la bicicleta estática, y al final se ha largado a tomar algo. Me he quedado en casa y, a las dos, obedeciendo las instrucciones de mi padre, he salido a la calle con veinte euros para comprar un pollo asado en un bar en el que lo hacen muy bien y, después, una barra de pan. Al volver olía a quemado. Odio ese olor, me da ganas de vomitar. He abierto el pollo un poco para ver si eso lo tapaba y sí, ha funcionado, pero mis padres han llegado y mi madre ha comenzado a gritar de nuevo. El sonido era como si un tenedor arañase un plato con jugo de limón. Ha vuelto a llamarme gordo. Por qué parar, lleva haciéndolo desde hace meses.
Cuando nos hemos sentado en la mesa de la cocina para comer, no paraba de llamarme gordo. Ver eso me ha hecho pensar en esa gente asquerosa de las películas que habla con la boca llena, y casi me río. Pero no he abierto la boca. Ella ha decidido que va a hacerme adelgazar obligándome a hacer ejercicio—cosa que no voy a intentar siquiera—y a cenar fruta todas las noches. Pero la última gota ha colmado el vaso cuando ha dicho que, si cada semana no he adelgazado, me va a quitar la paga. Esa mísera paga de cinco euros semanales con la que tengo que subsistir para comprar bolígrafos, archivadores, lapiceros y cosas que necesito. Pues vaya. Cuánto dinero menos voy a ganar a la semana.
¿Sabéis una cosa? No pienso renunciar a mi paga. Simplemente, si me la quitan me voy a enfadar mucho. Pero por lo pronto, estoy escribiendo esta redacción. Vivimos en un mundo en el que los medios de comunicación exigen que adquiramos productos o hagamos determinadas cosas para ser como ellos quieren que seamos. Vivimos en un mundo en el que hay quien se queja de que esta redacción podría ser dañina para un colectivo de padres y madres que no han hecho nada mientras que la televisión muestra imágenes horrorosas de muerte, violencia y tortura a los animales, como es el caso de las corridas de toros, EN HORARIOS INADECUADOS—ojo, no hay que censurarlos (aunque las corridas de toros hay que prohibirlas), pero hay que tener cuidado con quién lo ve y cuándo lo ve, y anunciarlo para evitar confusiones—, y en los cuales muchos de los presentadores y estafadores de programas de televisión que son gravados en directo, como ese de la sexta en el que sale Sandro Rey diciendo cosas sin sentido, y sus telefoneadores admitiendo que todo es verdad, no saben hablar en castellano de una forma que no sea como auténticos paletos gilipollas. Vivimos en un mundo en que las personas como mi madre han causado la aparición de enfermedades como la anorexia o la bulimia. Vivimos en un mundo en que mi propia madre me llama gordo.
No voy a quitar esta redacción de mi blog. Aunque me castiguen. Con lo que sea. Reclamo y manifiesto mi Derecho a la Libertad de Expresión.

Lee aquí la segunda parte de "Injusticia doméstica".

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