Injusticia doméstica 2.

Ayer fui a la tienda a comprar uno de esos plásticos que se usan para guardar hojas de papel, ya que soy muy desordenado y las dejo todas en la misma carpeta pero sin ordenar. Relatos, poemas, papeles sin más, trabajos para el colegio... todo revuelto. Pues tenían un nuevo diseño, en esta ocasión era bastante bueno. Es bastante duro y no se rompe. Compré cuatro, y cada uno costó cuarenta céntimos. Y hoy, al levantarme, tenía todas las cosas perfectamente ordenadas, aunque harían falta dos docenas de carpetas para guardar todo lo que he escrito. Hoy ha sido un día bastante bonito. Aunque hacía un frío del copón y llovía, me he levantado feliz, he desayunado tostadas con mantequilla y mermelada, me he duchado y he ido al colegio con ropa informal. A la tarde he dado unos siete libros escritos en euskera que no necesitaba para nada al mercadillo solidario de la ONG SAL—Solidaridad con América Latina—, a ver si con eso sacaban otro poco de dinero para ayudar a personas en difícil situación de Latinoamérica. Y al fin ha llegado el momento que arruina el día. No hay una, sino dos partes de la "saga" Injusticia doméstica. En esta ocasión trata sobre otro insulto de mi madre, ese ser que no sabe tener la boca cerrada cuando debería asistir a clases de autocontrol—o quizá de alcohólicos anónimos, o de drogodependientes, o yo qué sé—. Iba todo genial en casa. Yo estaba trabajando en unas cosas del colegio, en el ordenador. Mi madre ha comentado que había algo que la estaba empezando a cabrear ¿Sabéis cuál era el porqué? Hace casi un mes mi madre perdió un pen drive en el que guardaba su currículo. Ella me echó la culpa a mí, y me amenazó con quitarme la paga si yo no se lo daba. Yo ni siquiera lo tenía. Y resulta que después de eso había guardado otro pen drive en su cajón de la ropa interior, deduzco que de prueba. Y hoy el pen drive no estaba. Se ha puesto como un loca, ha empezado a gritar, a amenazarme con desconectar el cable del Wi-Fi si no se lo daba, y con darse de baja en el caso de que no apareciese al día siguiente. Y minutos después me ha dicho unas cosas muy bonitas. Las pondré abajo, en una imagen preciosa. Repitiendo esas hermosas palabras, dignas de Luis de Góngora o Miguel de Cervantes—si pudiera describirlas con un olor, lo haría con el de la rosa—, ha tirado todas las cosas de mi habitación para buscarlo. Yo no aguantaba más, y le he dicho que me largaba. Me he ido de casa, y ahora estoy aquí escribiendo esta entrada. No pienso entrar en casa hasta que se haya ido con sus amigas. De verdad... nunca os dejéis llevar por la ira. Ni por la ira, ni por la euforia. Dejarse llevar por el amor o la tristeza es normal, casi mecánico. Pero la euforia y la ira son sentimientos a los que nunca hay que obedecer ciegamente. Y os aseguro que yo no quiero a una psicópata de la talla de Charles Manson en casa. No quiero una madre paranoica a la que se le ocurran pruebas estúpidas que ella crea pero que sean absolutamente absurdas.

Lee aquí la primera parte de "Injusticia doméstica".

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