Milagro.

Lo recuerdo perfectamente. Era un jueves por la tarde. Yo tenía dieciséis años, y había llegado a casa tras salir del colegio. Estaba merendando en la cocina y tenía encendida la televisión. Estaban dando un documental. Una linda cierva daba a luz a un precioso cervatillo. Él era muy torpe, no aguantaba sobre sus cuatro patitas. Era una escena enternecedora de exuberante belleza. Pero algo iba mal. Un león apareció en mi campo de visión. Caminaba hacia el lugar donde la madre yacía con el cervatillo, y ésta se puso en pie e intentó escapar en el mismo momento en que el león fijaba su mirada en el cachorro. Estaba claro lo que iba a suceder, porque así llevaba siendo desde hacía millones de años. Me pareció muy triste. Tantos meses de gestación para crear a una perfecta criatura de la naturaleza, tirados por la borda. Lo sé, es la ley de la naturaleza, pero hay cosas que mi pobre alma atormentada no puede soportar, y hay momentos en los que me apetecería cerrar los ojos y desaparecer. Justo cuando el león iba a lanzarse sobre el cachorro, que había echado a correr hacia su progenitora, apagué el televisor. Me marché a mi habitación con ganas de llorar y no pude contener algunas lágrimas que humedecieron mis mejillas. Pasaron los días hasta que un mes después, quizá dos, viendo la televisión, encontré el mismo documental. El león perseguía al cachorro de ciervo, y yo me disponía a apagar la tele cuando vi al pequeño animalito correr tras su mamá. Y al fin sucedió... exactamente lo contrario de lo que esperaba, exactamente lo contrario de lo que parecía obvio. El león se había detenido. Aquello era algo maravilloso. Quizá otra presa llamara su atención, o quizá el rey de la selva se negase a matar a un animal inofensivo e indefenso, pero el cachorrito salió vivo de allí.
A día de hoy recuerdo aquello como si fuera hoy. La razón dice "casualidad", pero mi corazón sabe la verdad, y susurra "milagro".

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