¿Sociedad, o suciedad?

Ninguno de nosotros es una buena persona. Nadie. Nuestra alma está desgarrada, y nuestro corazón estropeado y maniatado por el odio abrasador de todos los que nos rodean. Nos encanta ver el dolor de los demás. Nos resulta fantástica la idea de que estamos protegidos por cuatro paredes, un techo, un suelo y un fuego acogedor y cálido al contrario que millones de niños que mueren de hambre, porque verlo en la televisión nos hace parecer fuertes y poderosos. Decimos que nuestra sociedad de la clase "baja" y "obrera" rebosa..., ¿cómo se dice? Ah, sí: humildad. Somos tan humildes de corazón, tan caritativos que, cuando alguien mata a otra persona o atraca un banco, nuestro primer pensamiento no es compasivo, sino repugnante: "Que se pudra en la cárcel". Las calles de cualquiera de las ciudades en que vivimos están repletas de mendigos que buscan limosna, y lo único que nos atrevemos a hacer cuando nos enseñan sus débiles manos es cerrar los ojos e ignorarlos por completo haciendo la vista gorda y, para más inri, levantamos el pecho henchido de orgullo y nos contoneamos, porque es el único momento de nuestro miserable, patético y penoso día a día en que podemos ser algo parecido a la nobleza para esa pobre gente. Llamamos falsos a los demás porque sabemos que les dolerá, y eso lo sabemos porque a nosotros también nos dolería. Hace mucho tiempo que dejamos de llorar y pasamos de ser personas tristes a ser crueles y vengativos, a obtener nuestra venganza del modo más doloroso y cruel posible para quien nos hace daño y, cuando la conseguimos, a regodearnos en el sufrimiento de esa desgraciada creatura como si fuésemos ángeles mofándonos de esos demonios desdichados. Nuestra "madurez" es una etapa en la que nos entrenamos para ser las peores personas, pero cuando insinúan que tenemos facha de malas personas nos enfadamos de verdad. Hablamos de la paz, de la guerra, de la riqueza y de la pobreza delante de la comida que nos llena el estómago y el fuego que nos calienta el culo. Cuando no tenemos lo que queremos nos escondemos, y cuando se encuentra en nuestras manos todo lo que deseamos, lo mostramos a todo el mundo gritando a los cuatro vientos que poseemos algo que ellos no. Somos tan monstruosos que tiramos la calderilla al suelo y, cuando nadie está mirando, la recogemos. Somos tan malvados e hipócritas, tacaños y egoístas que vamos de mesa en mesa en las cafeterías buscando una propina que no es para nosotros. Hablamos mal y bien de los demás dependiendo de que estemos o no con ellos, y todo para sacar provecho. Compramos ropa de imitación para restregársela por la cara a los menos afortunados diciendo que es de marcas famosas, es decir, que ha sido confeccionada por niños que reciben menos de cincuenta euros al mes por partirse el espinazo trabajando diez horas diarias. Vamos por la vida agachando la cabeza ante los ricos y alzándola frente a los pobres. Vivimos en un mundo hipócrita lleno de gente hipócrita que se baña en hipocresía. ¿Sociedad, o suciedad?

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